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La conquista también fue una historia de amor, aunque lo que se conozca sean los hechos de violencia y tragedias. Tampoco se puede negar que para todos es motivo de orgullo la infraestructura, la cultura y la gastronomía resultado de mezcla de tecnologías, conocimientos e insumos agrícolas y ganaderos que llegaron con ese encuentro de mundos. A ello se suma una lengua compartida y una tradición intelectual grecorromana, judeocristiana y mesopotámica que terminó en una mixtura con las raíces indígenas y africanas para crear algo completamente nuevo y maravilloso. Esto es America.
Está probado que las sociedades progresan cuando desarrollan confianza colectiva. El economista e historiador D McCloskey sostiene que la prosperidad también depende de las ideas que una sociedad tiene sobre sí misma. El psicólogo J Haidt ha mostrado cómo las narrativas compartidas moldean el comportamiento colectivo. Y Yuval Noah Harari recuerda que las grandes civilizaciones funcionan porque millones de personas creen en historias comunes.
Por lo anterior resulta curioso escuchar a personas renegar de España mientras almuerzan sancocho con cerdo res o gallina, toman café, escuchan música folclórica acompañada de acordeón, flauta, arpa y guitarra; celebran en plazas coloniales declaradas Patrimonio de la Humanidad y escriben sus críticas a la madre patria en castellano. La ironía es deliciosa.
La mala narrativa inculcada desde la educación primaria produce personas que terminan odiando una parte importante de su propia esencia. El problema no son los europeos ni el mestizaje; el problema es la narrativa autodestructiva del “pobrecito” y de la víctima permanente.
Sin juicios de valor, en Hispanoamérica la gran mayoría de la población es descendientes de europeos, africanos, asiáticos, pueblos originarios y de múltiples orígenes anteriores a ellos. En las ciudades de este continente conviven el trazado urbano heredado por España, ingredientes americanos, técnicas culinarias árabes llegadas a través de Andalucía, migraciones posteriores y nuevas influencias, todo ello aliñado con una creatividad profundamente latinoamericana.
Que quede claro: nadie debería sentirse víctima de esa maravillosa mixtura.
Hay que cambiar las narrativas enfermas de odio y venganza para que los niños se sientan tan especiales como realmente son; para que comprendan que forman parte de una historia en la que todo lo valioso es el resultado de lo mejor de muchos mundos que se ha tejido por siglos.
Después de estos últimos años de supina ignorancia y mediocridad, es hora de una nueva estrategia educativa. Porque quien crece creyéndose una víctima permanente difícilmente asumirá la responsabilidad de cambiar su destino.
No se trata de reescribir la historia, sino de dejar de utilizarla como excusa.
La corrupción no llegó en carabelas; tampoco la pésima gestión administrativa, ni el clientelismo, ni la costumbre de creer que la ley siempre es para los otros. Esos problemas, así como la responsabilidad de corregirlos y prevenirlos, pertenecen por completo a la sociedad actual. Lo mismo ocurre con sus éxitos, que son muchos.
Los científicos, empresarios, deportistas, artistas, escritores, caficultores, floricultores; ganaderos y emprendedores que hoy hacen que Colombia sea admirada no lograron su éxito y reconocimiento mundial victimizándose, echando culpas o lamentando el pasado. Lo consiguieron porque entendieron que la mejor herencia de sus antepasados no fue un territorio, sino un acervo cultural y una extraordinaria mezcla capaz de crear nuevas realidades.
El verdadero privilegio de haber nacido aquí es precisamente ese: no se pertenecemos a un solo mundo; pertenecemos a lo mejor de varios mundos.
Si permitimos que el desarrollo tecnológico siga guiado únicamente por la velocidad del mercado y la fascinación por la autonomía, nos arriesgamos a convertirnos en espectadores del mundo que nosotros mismos programamos