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Diseminando paranoia por la inflación, sin importar el costo

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El sitio de Internet Zero Hedge recientemente dirigió a sus lectores a una “excelente entrevista” donde el inversionistas y comentarista Jim Rogers declaró que “todos vamos a pagar un precio terrible por esta impresión de dinero y deuda”.Hago la pregunta obvia: ¿Cuánto tiempo lleva el Sr. Rogers pronosticando un desastre por imprimir dinero y por los déficits?

La respuesta es mucho, mucho tiempo. En octubre de 2008 (hace seis años completitos) se presentó en CNBC y declaró que estábamos fijando el escenario para un “masivo holocausto de inflación”.

Ahora, pudiera haberse pensado que luego de años de estar completamente equivocado, sucedería una de dos cosas: 1) el Sr. Rogers cuestionaría sus propias premisas, o 2) la gente dejaría de tomar en serio sus puntos de vista macroeconómicos.

Pero no.

Sus puntos de vista no han cambiado (y dado lo que hemos visto de otros con ideas similares, el Sr. Rogers probablemente negará que cualquier cosa haya salido mal con sus predicciones). Y no obstante, los medios financieros siguen tratándolo como fuente de profunda sabiduría.

Sigue siendo notable ha habilidad que tiene para persistir el en “derp” de la inflación (la creencia determinada en alguna doctrina económica completamente inamovible por la evidencia), e incluso florecer, en una era de desinflación.

El gimoteo por la civilidad

En este punto del gran debate sobre inflación-deflación, mucho de lo que dicen los inflacionistas toma forma de lloriqueo por las groserías de sus críticos; por supuesto, particularmente yo. Diría que todo este gimoteo es una confesión de facto de que se les ha acabado toda defensa sustancial para sus propuestas, aunque supongo que era de esperarse que lo dijera, ¿o no?

Pero hay algo más que debería saber: los “derpers” de la inflación no son solo ignorantes respecto a la política monetaria, sino que tampoco entienden las reglas del debate. En particular, las quejas constantes sobre ataques “ad hominem” muestran que no saben realmente qué significa eso.

Pienso que la definición de Wikipedia es bastante buena: ad hominem es “una forma de crítica dirigida a algo de la persona que se está criticando, y no a algo (al menos potencialmente) independiente de esa persona”.

Entonces, por ejemplo, si alguien que esté discutiendo mis puntos de vista sobre política monetaria se refiere a mí como “Paul Krugman, consultor de Enron”, eso es ad hominem. Pero si digo, como lo hice en una publicación reciente, que los inflacionistas han estado “haciendo un juego de piernas, negándose a admitir haber dicho lo que dijeron, mostrándose completamente indispuestos a admitir sus errores”, eso realmente no es ad hominem. Estoy atacando cómo debate esta gente, no sus atributos personales.

¿Qué hay respecto al léxico que hemos desarrollado durante el transcurso de los últimos años; “zombis”, “cucarachas”, “hadas de la confianza”, “derp”? Son todos términos dirigidos a argumentos, no a gente. No, en una publicación de 2013 no tildé de cucaracha a Olli Rehn, el comisionado europeo, solo a su históricamente ignorante afirmación de que John Maynard Keynes no hubiera apelado a favor del estímulo fiscal de cara a deuda alta.

El punto es que en ningún punto, hasta donde sé, he dependido de ataques personales como sustituto para una argumentación sustancial. Nunca acuso a alguien de ser “derp” sin demostrar que efectivamente está siendo “derp”.

No obstante, ¿por qué usar un lenguaje tan colorido? Para captar la atención de la gente, por supuesto, y para subrayar la gran escala de la locura. Y está funcionando, ¿o no?

Ahora, la gente que presenta argumentos zombis y que participa de comportamiento “derp” se siente profundamente insultada por todo esto. Pero si alguien va a participar de un debate público, con inquietudes de política muy reales que afectan la vida de millones, no tiene derecho a que sus argumentos sean tratados con respeto a menos que lo merezcan.

Una cosa más: no pienso que la brigada “derp” entienda lo que significa discutir con autoridad. Cuando digo que alguien no debería opinar sobre política monetaria a menos que esté dispuesto a invertir un poco de tiempo a entender el debate monetario, quiero decir exactamente eso.

No quiero decir que alguien necesite un doctorado. Quiero decir que hay que hacer la tarea.

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