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Analistas 03/03/2021

Reflexiones de la post-pandemia

El distanciamiento ha traído consigo la desaceleración de muchas rutinas. Viajar a un ritmo diferente, respetar más al otro, tener una actitud más compasiva y solidaria en las interacciones. Todo ha cambiado y todo seguirá cambiando. Hasta ahora estamos empezando a asimilar una nueva dinámica social que nos marcará profundamente. Nuestra mente e intelecto tendrán que analizar y tomar decisiones con unos límites que antes no existían. Nuestro corazón develará emociones desconocidas, hijas de la contención que hemos tenido que hacer a las malas. Sentiremos tal vez algo de impotencia, rabia o desasosiego. Iremos reaprendiendo a asimilar la realidad.

A percibir, desde lugares que no nos resultan familiares, los desafíos que se avecinan. Tendremos que asumir con coraje la marea de incertidumbre que llega, pero también estamos llamados a entender que este presente es un libro abierto de enseñanzas. La lectura de cada página la harán individuos y naciones con los lentes que les ha prestado la tradición, pero también con la información y los aprendizajes que hayan logrado capitalizar en el escenario de la pandemia. La forma y el lugar desde el cual decidamos transitar hacia el futuro serán definitivos para tomar decisiones y hacer cambios en los escenarios conflictivos. La convulsión que ha roto la normalidad ha venido dejando estela no sólo en lo que sucede frente a nuestros ojos, sino también en la mente y el corazón de muchas personas.

La endemia universal que empezaremos a vivenciar se dará poco a poco, pues todos somos vulnerables. Los niños que han perdido sus lugares de encuentro, sus abrazos con los amigos, y con ello, su posibilidad de explorar el mundo con osadía temprana de la curiosidad infantil. Los adolescentes que son exiliados de la socialización indispensable en esta etapa de la vida, confinados a la virtualidad que les provee complejos espacios para la construcción de su identidad. Los adultos confundidos por la incertidumbre y desmoralizados por pérdidas en sus proyectos de vida y familias.

La población de la tercera edad confinada con sus sueños olvidados en algún lugar y con el miedo colándose en cada despertar. Todos estamos envueltos en la misma corriente incierta en la que nos movemos al vaivén. Deseamos bajarnos de la montaña rusa, pero sin tener el tiquete de salida. El punto de inflexión que nos ha revertido paradigmas y nos ha arrojado un sinnúmero de interrogantes llega para quedarse. Los cambios serán ineludibles y empezaremos a dilucidarlos algunos de manera intempestiva y otros sutilmente al reencontrarnos en nuestros escenarios sociales, familiares y laborales. Entenderemos esta nueva realidad como un cambio en el oleaje que nos conduce a un nuevo destino. Las escotas se han roto con la tormenta y para retomar el rumbo necesitaremos mucho más que voluntad.

Necesitaremos anclaje en un inventario poderoso de cualidades y hábitos que aunque no nos hayan sido familiares nos veremos obligados a adoptar. El primero un compromiso moral con revisar nuestras creencias y nuestra espiritualidad para renacer más iluminados y fortalecidos. El segundo una reconexión con nuestro potencial creativo para actuar rápidamente frente a las demandas de un entorno cambiante. También para cultivar nuestra esencia con una mirada diferente, más imaginativa.

Todo esto como constructo de la verdadera resiliencia, una que nos alcance para todos los retos que nos aguardan pero que también nos lleve a trascender. Y la tercera en el inventario, la sostenibilidad como una forma de vivir y habitar el planeta. Como una mirada amplia y generosa de nuestra existencia. Ese lugar en el que encontramos propósito y sosiego porque descubrimos nuestro espacio en el ecosistema de la vida.