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Solidaridad con las ruanas: del cacerolazo a la billetera

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El descontento de los campesinos y la solidaridad que ha despertado en amplios sectores urbanos han sorprendido al gobierno. Mientras se sacude de la sorpresa ha quedado claro que el diagnóstico de muchos para explicar la crisis agraria está asociado a los TLC. El argumento es simple. Hemos venido firmando TLC que facilitan el acceso de nuevos socios a nuestros mercados. Colombia no estaba preparada para competir con estos socios quienes han inundado nuestro mercado con productos más baratos, a veces subsidiados, arruinando a los productores locales. 
 
En aras de la discusión supongamos que en efecto los TLC son los culpables. ¿Qué hacemos? Una posibilidad es acabarlos. Aquí, sin embargo, propongo una salida más democrática, una en la que la gente con sus decisiones se encarga de trasformar la solidaridad de las cacerolas en solidaridad de la billetera, de pasar del dicho al hecho, de la carreta a las acciones concretas. Además, la medicina propuesta-a diferencia de la de acabar con los TLC-tiene la ventaja de tener pocos efectos colaterales negativos en caso (muy probable) de que el diagnóstico sea equivocado.  
 
La solución propuesta es sencillísima: que los colombianos compren colombiano. Si de verdad el TLC hubiera bajado los precios de los productos agropecuarios y de verdad las mayorías apoyaran la revolución de las ruanas, entonces esas mayorías deberían preferir seguir consumiendo productos colombianos así estos fueran más caros. 
 
¿Cómo hacemos para saber cuál producto es colombiano? Con la legislación actual difícilmente lo sabemos. Allí es donde hay campo de acción para el gobierno que puede trabajar en la dirección de obligar a los comerciantes a informar claramente el origen de los productos. Así como los envases de los alimentos procesados tienen los detalles de su información nutricional, éstos deberían también de forma visible informar sobre el origen de los productos. Un cambio de este estilo se puede implementar con relativa celeridad. Por ejemplo, no parece complejo que los almacenes de las grandes superficies empiecen a informar a sus clientes el país de origen de cada producto del sector agropecuario. Incluso en algunos bienes procesados la medida es fácilmente implementable. Por ejemplo, tampoco luce difícil  asegurarse de que el empaque de una bolsa de café o de una caja de leche nos informe sobre su procedencia. Si la ola de solidaridad con las ruanas pasa de las palabras a los hechos y todos los miembros de la revolución ruanera compran sólo productos colombianos, el TLC dejaría de ser el motor de las tristezas de nuestros campesinos. 
 
¿Funcionaría la idea? Depende de si la solidaridad de las cacerolas se traduce en una de billeteras y de qué tan informados estamos hoy en día respecto al origen de los productos que consumimos. Sobre lo segundo, un ejemplo: ¿sabrán los colombianos que casi todo el café que consumen no es colombiano? ¿Estarían dispuestos a pagar más por comprar café colombiano? Si vieran las estanterías de café llenas de banderitas peruanas ¿las descartarían para comprar la calidad colombiana y apoyar con su billetera a los cafeteros? ¿O la solidaridad es sólo retórica?
 
Yo por lo pronto declaro mi veto personal a la carne gringa. Cuando vea una banderita que anuncie con nombres de razas pomposas que el filete es norteamericano, voltearé a buscar la banderita de ganado tricolor. No habrá diferencial de precios que justifique echar al sartén filetes con presencia impecable que una vez en el paladar se convierten en sosos y pastosos bocados. 
 
Twitter: @mahofste
 
 
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