martes, 4 de febrero de 2020

Más columnas de este autor Luis Fernando Vargas-Alzate

A raíz de lo más reciente en relación con el virus originado en el mercado de mariscos de Wuhan, y que hoy es causa de la muerte de más de 360 personas, es menester reabrir el debate sobre los efectos de la globalización (cualquiera que estos sean). En solo algunas horas, la epidemia avanzó a tal ritmo, que ahora se habla de una pandemia que la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró bajo el carácter de “emergencia de salud pública internacional”.

Cuando a mediados del siglo pasado, tanto académicos como funcionarios, representantes gubernamentales, ONG’s y tomadores de decisión, se expresaron sobre las relaciones de interdependencia generadas entre Estados, gobiernos, sociedades, empresas y organizaciones en general, no alcanzaron a sospechar que los lazos e interconexiones irían a ser tan estrechos que podría generarse el tipo de fenómenos que hoy se evidencian. Esto, marcadamente, se agudizó cuando la interdependencia pasó a ser globalismo, alcanzando vínculos con carácter intercontinental.

Así se dio el arribo a lo que comúnmente se conoce como globalización. Un fenómeno económico de interconexiones sin límite, que superó cualquier pronóstico relacionado con la eliminación de barreras entre sociedades y que facilita que, por ejemplo, un virus como el que nos ocupa, amenace a la población mundial. Ya ocurrió que virus similares generaron grandes alertas durante este siglo.

A comienzos del mismo, también en China (provincia de Cantón), se originó un síndrome respiratorio agudo grave, causado igualmente por un coronavirus y que dejó notables afectaciones a nivel mundial, presentando los mayores impactos en ese país. Se trató del SARS-CoV, un coronavirus bastante similar al que hoy enfrenta la sociedad internacional. Finalmente, se calcula que unas 800 personas fallecieron por su causa.

En 2009, el virus de la Influenza A (H1N1), que popularmente se conoció bajo la denominación de gripe porcina, se expandió también a una velocidad inquietante, alcanzando cifras catastróficas que solo fueron reveladas mucho tiempo después por la OMS y algunos medios de comunicación de seriedad irrefutable. BBC Mundo, al reportar un estudio en el que participaron investigadores de todo el mundo, determinó que las víctimas fatales estuvieron muy por encima de 150.000.

En 2012, hizo su aparición el síndrome respiratorio de Medio Oriente (MERS-CoV) que, instalado en la península arábiga, se difundió con características similares por toda Asia Menor. Incluso los reportes de la OMS indicaron que el virus se propagó con alto impacto en Corea del Sur. Con alrededor de 750 muertes y más de 3.000 contagiados, la epidemia se consideró controlada.
Ahora, sin embargo, resurge el problema. Y cada vez serán más frecuentes este tipo de fenómenos, puesto que las conexiones entre sociedades, el constante flujo de personas, el intensivo diálogo y profundo nivel de interacciones que la globalización forjó, permite que la salud de los habitantes del planeta esté expuesta constantemente a cualquier tipo de afectación. De tal forma que lo que los acuerdos económicos, flujos de dinero, negocios e instituciones financieras trazaron para eliminar las distancias, ahora se ha tornado contraproducente y lleva a que desde lo más recóndito se propague fácilmente cualquier enfermedad.

Hasta el fin de semana, los efectos en todos los campos se hicieron sobresalientes. Las principales bolsas de valores del mundo deterioraron sus cifras. Todas marcaron decrecimiento en sus índices. Mientras el dólar se hacía más fuerte, las aerolíneas cancelaban sus vuelos hacia y desde China, y las competencias deportivas, clasificatorias a los Juegos Olímpicos, fueron suspendidas. “12 monos” deja de ser película y se traslada a la realidad de un planeta salido de control, a causa de una globalización que por muchos se creyó beneficiosa, pero que hoy no deja de ser cuestionada, cada vez con más frecuencia.