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El índice de ruralidad

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El índice de ruralidad conjuga densidades y distancias. Fue propuesto por el Banco Mundial y en Colombia lo aplicó Naciones Unidas en el ‘Informe de Desarrollo Humano Colombia Rural. Razones para la Esperanza’. El estudio, que fue dirigido por Absalón Machado, se publicó en el 2011, y en estos tres años ha sido un punto de referencia para las discusiones sobre el desarrollo agropecuario del país. Uno de sus mayores aportes ha sido la aplicación del índice de ruralidad, que ha logrado insertar el análisis de la relación campo/ciudad en la perspectiva de la geografía económica.

De acuerdo con el índice de ruralidad, un municipio es más rural cuando está lejos de las ciudades grandes y, además, cuando su densidad es baja. Los municipios con un índice de ruralidad más alto son Miriti y Puerto Arica, y los menos rurales son Itagüí, Barranquilla y Soledad. Esta aproximación rompe con la distinción urbano/rural del Dane, y plantea nuevos retos analíticos. El principal mensaje del índice de ruralidad es: la dinámica de un municipio se explica por la posibilidad que tenga de generar rendimientos crecientes y por la cercanía a los grandes centros urbanos. La densidad pone en evidencia la importancia de las vecindades y de las economías de aglomeración. Y la distancia remite a los costos de transporte y destaca la necesidad de estudiar los flujos de bienes y personas.

Los municipios con más posibilidades de desarrollo son los que están cerca de las grandes ciudades y tienen una población numerosa. Por esta razón, es inaceptable que municipios como Soacha, Soledad y Buenaventura tengan condiciones de vida tan alejadas de las ciudades cercanas: Bogotá, Barranquilla y Cali. El índice de ruralidad llama la atención sobre la necesidad de analizar las interacciones entre las grandes ciudades, los municipios cercanos y la región. La falta de convergencia entre ciudades cercanas es una clara expresión de la ausencia de políticas de desarrollo regional. Cuando los vínculos entre el campo y la ciudad se analizan a partir del índice de ruralidad se descubre que la modernización del campo tiene que ser consistente con los ordenamientos territoriales de las ciudades, y con una política nacional de poblamiento. La sostenibilidad de las ciudades depende de su relación armónica con el entorno regional. 

El gobierno ha dicho que en el plan de desarrollo le dará importancia a la ciudad-región. Sería conveniente que el DNP reemplazara el índice de desarrollo endógeno (Iendog), que se utilizó en el anterior plan de desarrollo Prosperidad para Todos, por el índice de ruralidad (IR). El Iendog tiene varios problemas. Primero, desconoce la geografía, porque no tiene en cuenta la relación entre la densidad y la distancia. Segundo, no contempla los flujos, y en este sentido no es dinámico. Tercero, su criterio de regionalización deja por fuera las relaciones entre las ciudades y su entorno. Desde el punto de vista estadístico, el Iendog agrupa los municipios que minimizan la varianza del factor que se considera relevante. En las ponderaciones del Iendog las condiciones sociales tienen un peso alto (45%) y, entonces, se llega al absurdo de separar a Buenaventura de Cali. Desde la lógica del Iendog, habría más similitudes entre Buenaventura y Quibdó, que entre Buenaventura y Cali. En su caracterización regional, el Iendog rompe la dinámica que existe entre Buenaventura y Cali. En cambio, el índice de ruralidad destaca su evidente interacción.

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