sábado, 25 de julio de 2020

Más columnas de este autor Gustavo Moreno Montalvo - gustavomorenom@gmail.com

La sociedad es el conjunto de los humanos, que convivimos en forma ordenada hasta cierto punto, bajo reglas que suelen contradecir el propósito que las justifica. Así, las normas que protegen la estabilidad en el trabajo pueden ser obstáculo para la creación de nuevos puestos; las reglas para establecer nuevos desarrollos urbanos pueden facilitar la expansión, con menor densidad y, por consiguiente, mayor tiempo a invertir en desplazamiento para llegar al sitio de trabajo; las leyes penales suelen definir sanciones con base en la reacción percibida de la comunidad frente a conductas reprochables, sin considerar si hay equilibrio frente a otras conductas menos rechazadas pero no por ello menos reprochables.

Hasta la revolución industrial los linderos de las comunidades eran claros. Por supuesto, siempre hubo flujo de personas y bienes a través de fronteras, pero el comercio tenía menos importancia en la economía cuando los medios de transporte eran mucho más limitados y la gente tenía, en general, arraigo en un territorio, cuyas costumbres no variaban en forma radical. Eso facilitaba la construcción de identidad local y nacional, pero también inhibía el cultivo del sentido crítico y la innovación. Los cambios de los últimos dos siglos, y sobre todo los más recientes, relacionados con la revolución en comunicaciones aún en curso con el apoyo de la tecnología electrónica, rompieron las fronteras de manera brusca. Los cambios del último siglo en el contexto de los 10.000 años transcurridos desde la revolución agrícola del neolítico son contundentes: el acceso universal a la educación básica, la ampliación de la posibilidad de radicarse en tierras extrajeras, e incluso la integración mundial para la formación de preferencias en materia cultural y deportiva, son todos elementos en la construcción de un mundo nuevo.

No conocemos el desenlace; hay augurios positivos y negativos. Así, la presencia de vinculados por parentesco en otras latitudes abre puertas a conocer ámbitos diferentes; en contraposición, la migración fomenta la emergencia de núcleos de fractura social y de posibles conflictos; preocupa la incertidumbre de Europa por el aumento de población de origen árabe, turco y africano que profesa el Islamismo y puede ser presa de discursos religiosos excluyentes, bajo el amparo de un ámbito normativo fundado en el respeto por la diversidad. Esta paradoja, posible gestora de pesadillas de magnitudes impensables, es también un reto para revisar no solo qué pasa en Europa sino el mundo entero, desnudar las polarizaciones escondidas tras los dogmas, y construir un futuro más amable en el agregado.

El mundo cambia: nuestras reglas deben ser dinámicas. Esto se contrapone a la definición clásica de normas básicas, consagradas en una constitución, o ley de leyes, que define propósitos, procesos y estructura de las instituciones públicas: es preciso delimitar con precisión el ámbito de lo fundamental y diseñar procesos de ajuste normativo ordenados, en el entendido de que siempre deben caber rupturas en la interpretación de las cosas. La historia muestra que no hay estados de equilibrio estable en los sistemas sociales, pues ellos albergan contradicciones con riesgos explosivos, pero también evidencia que el propósito de la vida y de las instituciones no es mitigar riesgos sino aprovechar oportunidades con métodos razonables.