Analistas

Por la Bogotá que merecemos

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A tan solo un año de terminar el nefasto mandato (que debió ser sometido al proceso de revocatoria) del actual alcalde de Bogotá Gustavo Petro, se perfilan (por lo menos por ahora) tres grandes personalidades y figuras políticas de nuestro país para este cargo: Clara López, quien sorprendió en las elecciones presidenciales con su caudal electoral; Francisco Santos, exvicepresidente de la República y firme candidato del uribismo; y Rafael Pardo, exministro de trabajo y cuota de la Unidad Nacional. Si bien estos nombres aseguran como mínimo que habrá un debate fuerte a la hora de la campaña, deben ser conscientes de la responsabilidad que se quieren cargar en su espalda. 

Los retos de Bogotá son altos. Luego de sufrir el “tsunami” de tres administraciones, cada una peor que la anterior (Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro), la ciudad está más que retrasada en todos los aspectos. 

Primero: la cobertura educativa fue uno de los grandes pilares con los que Petro dijo que iba a revolucionar a la “Atenas latinoamericana”. Como casi todos sus proyectos, solo se quedó en su acostumbrada retórica y terminó con una ejecución muy pobre en esa materia. Quienes definitivamente se postulen para gobernar a Bogotá tienen la gran labor de lograr que los jóvenes de esta ciudad tengan una alternativa en la educación, sobre la base de ser unos cazatalentos y tratar de potenciar cada una de sus capacidades, así como incentivar la investigación como fuente del conocimiento y salida del ostracismo. 

Segundo: espacio público. Esta es una ciudad que en la era de Peñalosa había logrado algo de equidad en ese sentido: daba gusto y tranquilidad salir a caminar. Hoy, después de estas tres administraciones, Bogotá se ha vuelto una carrera de obstáculos por la invasión del espacio reservado para el peatón, situación que facilita la inseguridad y no genera una ciudad verdaderamente humana. Volvimos a las épocas en las que nadie respeta la fila, la cebra, el semáforo, el pare o cualquier otra norma mínima de convivencia, así como encontrar a los señores de los taxis, quienes protestan por todo, pero que en un gran grupo no respetan nada ni a nadie.

Tercero: seguridad. La ciudad volvió a ser la misma donde los raponeros abundan, donde iniciativas tan perversas como “denunciemos a los ladrones”, que se difunde en Facebook, se han vuelto el pan de cada día, al punto que se ven personas conformando grupos de limpieza social, olvidando que fenómenos como esos son similares al paramilitarismo que tanto daño ha causado, sin que en Bogotá exista una política criminal, porque se cambia de director de la Policía Metropolitana cada tanto o se le maniata, ridiculizándolo para que no haga uso de su capacidad coercitiva para moderar comportamientos (desde luego sin recibir excesos de su parte). ¿Acaso no es su función natural?

Cuarto: malla vial. En Bogotá hay que tener un campero. La máquina tapahuecos no tapa huecos, las obras no se hacen y las que se hacen no se ejecutan donde se requiere realmente o simplemente son arreglos a medias. Basta con dar un paseo en la ciclovía un domingo para constatar el estado tan deplorable en el que la tienen estos tres muchachotes de grandes caudales electorales, quienes los obtienen por regalar el pasaje de Transmilenio o cualquier otro subsidio que les permita atornillarse en el poder. No es justo que en Bogotá estemos con una malla vial deteriorada en un 70% u 80 %, nadie haga nada y el señor Petro aún quiera proclamarse el sexto mejor alcalde del mundo. Quien sea que llegue a la Alcaldía debe pensar que recibe Bogotá en obra gris, por lo que los terminados siempre son más costosos.

Quinto: basuras. El gran fracaso de esta administración, “la persecución”, según Petro, es una deuda y un reto que debe asumir quien administre esta ciudad en el futuro. Un esquema de basuras con libre participación en el mercado y organizado, que pueda de a poco darle experiencia a lo público para que algún día el negocio sea eficientemente administrado por una entidad de este sector, no de un sopetón como pretendía este alcalde, quien no solo violó el régimen de competencia con su incompetencia, sino el principio esencial de la planeación. Es triste que nuestro dinero se encuentre parqueado pudriéndose con los camiones recolectores que no están diseñados para la ciudad, pero de la revocatoria nadie habla, nadie volvió a decir nada de Bogotá, porque desde la reelección en la ciudad todo mágicamente cambió. 

¿Quién se le mide a construir a Bogotá de nuevo? Quien sea valiente de enfrentar el reto si lo hace bien será ovacionado, pero si por el contrario seguimos en las mismas, pasará a engrosar la lista negra de tres hasta ahora.

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