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Pescar en río revuelto

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En días pasados, tanto el expresidente Álvaro Uribe como Ingrid Betancourt hicieron sus respectivos movimientos alrededor de los diálogos para buscar un acuerdo con las Farc, planteados con la intención de dar fin a parte del conflicto. A ninguno de los dos le creo que su discurso sea libre y espontáneo. Betancourt, por un lado y según su entender, busca despertar la sensibilidad para la reconciliación entre los actores del conflicto, pero por el otro lado, lanza dardos en contra del senador Uribe, expresidente que, entre otras cosas hechas durante su mandato, se la jugó por su libertad. Bonito ejemplo de reconciliación.

Por otro lado, se encuentra el expresidente Uribe Vélez, quien quiere crear un movimiento de resistencia civil ante los acuerdos con las Farc. No es nuevo que el senador Uribe trabaje para la resistencia civil, dado que durante su presidencia nos llevó a una de las crisis más profundas de la institucionalidad y la justicia, basta solo recordar sus graves enfrentamientos directos con la Corte Suprema de Justicia.

Tanto Betancourt como Uribe pescan en río revuelto, es claro que ambos se aprovechan del presidente Santos: una saca fruto de su impopularidad y su afán de comprar aceptación a punta de chequera; el otro, de la pereza mental de los colombianos que solo siguen como borregos al presidente, quien ha descontextualizado de forma desafortunada, los diálogos de paz con las Farc. Sin embargo, ninguno de los dos aporta al país en estos momentos: Ingrid Betancourt puede ser incluso menos popular que el mismo presidente Santos y está demostrado que su gratitud tiene precio. Álvaro Uribe,  por otra parte -a pesar de considerar que el país avanzó en gran medida por algunas de sus políticas-, nos hizo mucho daño directamente, estoy convencido, y aún más con su endoso al presidente Santos, a quien ataca hoy en día, pero apoyó y respaldó como su sucesor. 

No obstante, cabe aclarar que el problema no son ellos dos, sino el resto de los colombianos que como borregos seguimos y nos radicalizamos por uno u otro caudillo: somos un país dividido entre el uribismo y el santismo, que no son más que la versión política del “silvestrismo” y el “peterismo” del vallenato. 

Tenemos que aceptarlo: somos una sociedad violenta por naturaleza, somos primitivos y nuestra justicia no nos ayuda a resolver nuestros conflictos, por eso tomamos partido y calificamos a nuestro oponente como “uribestia” o “mamerto”, entre otros. Generamos nuestra violencia del lenguaje y esta se traduce en hechos insólitos, como que la gente se mate en las celebraciones del Día de la Madre o que, a pesar de entregar el dinero que  se les pretendía hurtar, las personas terminen asesinadas vilmente.  Este último fue el caso de Laurentino Peréz, abogado con el que tuve la fortuna de compartir aulas de clase y a quien, como ciudadano de segunda, no le dieron el tratamiento que al agente de la DEA de quien en tiempo récord capturaron a los asesinos. ¿Será por qué era guajiro? No lo sabremos, porque tristemente será un titular más y parte de una cifra aislada en las estadísticas del año 2016. 

El principal acuerdo para lograr la paz es con nosotros mismos:  ¿seremos capaces de respetar al otro?¿Podremos olvidar esa terrible herencia del camino fácil? A decir verdad, con polarizadores y expertos en descontextualizar realidades como Betancourt y Uribe en el escenario público, veo difícil que podamos concentrarnos en borrar esa huella genética que hace que desconozcamos el valor intrínseco que implican la vida o los bienes públicos. Así que, apreciado lector: ¡sacúdase y deje de estar creyendo en mentiras con caras de verdades!, tenga en cuenta que su pereza es el alimento de este tipo de personas, y su falta de conciencia a la hora de votar es la plataforma para que tengamos más Roy Barreras que Antanas Mockus en la política actual. 
 

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