Analistas

Responsabilicémonos de la guerra

Hace menos de un mes citaba la aseveración más frecuente del fundador del Estado alemán moderno, Otto von Bismarck, “nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. En Colombia acabamos de transitar por una elección que cuestionó la legitimidad al acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, porque las mentiras alcanzaron y aplazaron la posibilidad de construir una sociedad más integrada y segura.

El 4 de junio de 2014 dediqué la columna al libro War! What is it good for? (¡Guerra! ¿Qué es lo bueno?) lanzado con motivo del centenario de la primera guerra mundial. Este escrito del profesor Ian Morris de la Universidad de Stanford evidenciaba dos conclusiones: que las guerras son una absurda pérdida de vidas y, a su vez, ellas han permitido que los seres humanos vivan en un mundo más pacífico: “las sociedades se han hecho más grandes y se han pacificado internamente, la población y la riqueza han explotado, y la proporción de la humanidad que muere violentamente se ha desplomado”. 

Morris demuestra que con la paz de los posconflictos se han creado sociedades más organizadas, institucionalizadas, formadas, ricas y seguras, y se reduce -significativamente- el riesgo de morir a manos de otro. Así, el reto para la Colombia -que resiste responsabilizarse de su guerra-, era asumir el posconflicto como una transición que, como la define el Diccionario de la Academia, es “acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”.

Tres ejes iban a definir la transicionalidad colombiana: justicia que garantice verdad y reparación; reintegración y reconciliación; y -lo más importante para la no repetición- memoria histórica que se traduciría en cambios estructurales en materia de gobernabilidad, cultura y educación para la paz. Los dos primeros tenían un marco definido en el acuerdo final y su correcta implemantación dependía de todos, la memoria histórica de nuestro conflicto y sus atrocidades está por construirse.

La realidad de la conflictividad colombiana no es un mal irremediable al que estamos condenados, ni mucho menos podemos entenderla como algo ajeno. Es el momento de reflexionar sobre la responsabilidad que nos compete por alimentarla o ignorarla, en todo caso, por no enfrentarla.

La no repetición, no es una garantía exclusiva de los actores de la guerra, es de todos. Si no procuramos -como tantas veces nos lo ha dicho la Corte Interamericana de Derechos Humanos- reformas constitucionales y legislativas, la adopción de mecanismos y prácticas institucionales, ajustes en los sistemas de administración de justicia y la formulación de políticas públicas que lleven la presencia del Estado a todos los rincones del territorio, no saldremos de los horrores de esta guerra que se resiste a acabarse, perdiendo la oportunidad de construir una sociedad más organizada, institucionalizada, integrada, rica y segura. 

Morris trazó la historia de la violencia a través de miles de años, y la oportunidad del posconflicto es una constante que Colombia quiere desperdiciar. Parafraseando las palabras del presidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú, Salomón Lerner, en la presentación del informe final de 2003, la memoria histórica hablaría de lo que fuimos y de lo que debemos dejar de ser, esto último, es lo que comenzó hace cuatro años en La Habana y los colombianos no logramos consolidarlo.