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Analistas 02/04/2021

Ambiente propicio

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

El coronavirus pandémico que nos aqueja hace más de una año, como lo señaló en su momento Pol Morillas, arribó en un contexto en el que pocos le daban crédito a la política tradicional y las instituciones, y en el que muchos entendían su descrédito como un “fallo sistémico”. Tampoco fue afortunado el tiempo en que emergió la crisis financiera de 2008, en medio de los cuestionamientos a las lógicas de un orden liberal democrático y de mercado que venía relegando la igualdad de oportunidades y los compromisos del Estado de bienestar, facilitando la consolidación de los populismos que ya batallaban contra el multilateralismo, el liberalismo y las sociedades abiertas.

Así, las crisis parecen no llegar en los mejores momentos, sin embargo, la del coronavirus, a diferencia de la del 2008, no se responde defendiendo los principios de la globalización, sino ensalzando los nacionalismos y los miedos de un orden abierto que nutre los discursos vacíos de líderes populistas que buscan obtener o mantenerse en el poder. No obstante, como ya lo dijimos, esta crisis no es moldeable al antojo de los populistas que suelen estrellarse contra las evidencias de la ciencia, los hechos y los datos, y de ahí que prefieran causas que se fundan en el miedo a alguna minoría.

No es un populismo de izquierda como los tan citados movimientos latinoamericanos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, es uno que se funda más en el cálculo político que en la ideología, se trata de estigmatizar a grupos marginados. Las olas migratorias en Europa en 2015-2016, explotaron el miedo y los riesgos de atentados que intencionalmente se relacionaban con la llegada de refugiados. Desde entonces, el rechazo a migrantes se convirtió en consigna de gobiernos de distintos espectros políticos, se funda en el miedo y da réditos inmediatos, pero como dijo Jean-Marie Chenou, alimenta una peligrosa deriva de largo plazo que se enquista en las agendas políticas nacionales.

Una vez enquistado no se acaba con la derrota en las urnas del populista, sigue latente, sino pregúntenle a Biden que frustrado por no avanzar con una reforma migratoria estructural deroga algunas de las políticas de Trump que violaban derechos humanos, y que los republicanos sostienen, con argumentos análogos a los de Europa, que están generando un "efecto llamada".

En Colombia, a diferencia de otros países latinoamericanos, tal como sucede en las campañas presidenciales de Ecuador y Perú, no se había caido en ese artificio político de tinte xenófobo. En el país se daba de forma recurrente la estigmatización política, pero no se expiaban los fracasos explotando la crisis migratoria venezolana, aunque de lejos seamos el país que más presión de migrantes enfrenta.

Por eso no deja de sorprender que la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, política progresista de talante liberal, primero con comentarios sueltos, sin evidencia y en medio de una recesión fruto de la pandemia, no dudara en señalar a los venezolanos como responsables de la inseguridad en la ciudad. Ahora, con un discurso que nada envidia a los que predican extremismos xenófobos, los califica de una minoría de migrantes “profundamente violentos” que “asesinan y luego roban”.

Tendencia global que como estrategia riñe contra las libertades y los derechos humanos, y en países de violencia estructural es muy riesgosa.