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Escocia: un buen ejemplo

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El mundo estuvo atento del ejercicio más democrático y civilizado de los últimos tiempos. Escocia, con una historia que supera el milenio, emprendió hace siete años un proceso soberanista (sin recurrir a la violencia) que culminó con el referéndum del pasado 18 de septiembre.

El artífice de este ejercicio democrático e inclusivo (podía participar todo aquel que fuera residente) fue Alex Salmond, que en 2007 llevó al poder al Scottish National Party, presentándose ante la sociedad escocesa como el único gobierno con capacidad de defender los intereses de esta nación frente a Londres. Con un discurso pragmático, a lo largo de estos años diseñó una hoja de ruta en la que la consulta no era el centro de las reivindicaciones sino una posibilidad más dentro de las  demandas de mayor autonomía (sobre todo fiscal) e infraestructura.

El Reino Unido de Gran Bretaña nació con la firma del Acta de Unión suscrita en 1707 luego de que los parlamentos de los reinos de Escocia e Inglaterra aprobaran leyes en ese sentido. Si bien se entendía que Gran Bretaña existía 100 años antes, los reinos de Inglaterra y Escocia mantendrían sus instituciones y autonomía. Así, solo el 16 de enero de 1707, se dio la disolución de los parlamentos escocés e inglés para crear un único Parlamento en Gran Bretaña, el que hasta hoy funciona en el Palacio de Westminster (Londres).

Los intereses de escoceses e ingleses eran disímiles. Para los primeros, si bien la “unión” no era popular, les permitiría acogerse a los subsidios ingleses para salir de la crisis financiera en la que estaban sumidos tras el fracaso del proyecto del Darién (intento fallido de establecer una colonia escocesa en Panamá). Por su parte, el interés de los ingleses para unirse con sus vecinos, era asegurar la sucesión protestante al trono y mantener la exclusión de los católicos.

Salmond y los escoceses nos dan lecciones a todos: en primer lugar, a David Cameron, que quiso disuadir las demandas de mayor autogobierno, entre ellas la de autonomía fiscal completa para Escocia, imponiendo un referéndum que interrogara claramente sobre la independencia. En las últimas semanas Cameron, asustado por el repunte del “sí a la independencia”, no hizo más que ofrecer a los escoceses mayor autonomía, garantizándoles la victoria antes de votar.

En segundo lugar, la lección es para toda Europa con sus estados plurinacionales, que se construyeron como Estado-nación a partir de la asimilación de minorías nacionales y étnicas. Construcción que en muchos casos reconoce las distintas nacionalidades, pero que no permite revisar qué tan inclusivo es ese Estado-nación a menos que se haga integralmente, de ahí que en España se argumente que el proceso independentista de Cataluña o del País Vasco sea ilegal. El Reino Unido tuvo unos fundamentos más inclusivos, que explicaron la viabilidad de que Escocia considerara, mediante el referéndum, si quería mantenerse en una unión que aprobó su Parlamento hace 307 años. Discusión aplazada en América respecto de la asimilación de nuestras minorías étnicas que solo ha sido enfrentada por el hoy Estado Plurinacional de Bolivia.

Finalmente, la lección es para los constitucionalistas e internacionalistas, que nos escudamos en las construcciones y prácticas jurídicas que se hacen pensando en el interés del Estado y no en las personas que los componen. El reciente ejercicio civilizado de Escocia debe invitarnos a reflexionar, y ver que se puede debatir y decidir en democracia. Recordemos que en Colombia no estamos lejos de refrendar las negociaciones de paz. Todo un ejemplo.

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