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Análisis 16/09/2026

¿Todavía cantan “La Internacional” en la USO?

Edwin Palma Egea
Exministro de Minas y Energía
Edwin Palma

Veinte años no es nada, dice Gardel, y veinte años es poco frente a la suma de las historias de cientos de miles de trabajadores y trabajadoras que han participado de la vida de la Unión Sindical Obrera en casi 104 años de historia, más de un siglo de lucha.

Mi historia en la USO puede haber sido corta en comparación, 20 años. Pero desde el primer día y hasta hoy mi vida política y social está marcada por esa cultura centenaria, por la letra de La Internacional, el himno de la clase obrera y por la Plataforma de Lucha, siempre incluida en las ediciones de los estatutos.

El pilar de la Plataforma de Lucha de la USO al parecer era hasta hace pocos meses “el mejoramiento moral, intelectual y económico de las clases trabajadoras”, conquistar la completa propiedad pública sobre los recursos energéticos del país y la lucha por la soberanía energética del pueblo colombiano sobre esos recursos, no solo los del subsuelo, sino en toda la cadena de la energía. Esa plataforma fue perseguida con violencia por la oligarquía y todos sus gobiernos.

Y aunque hoy no lo quieran reconocer, nos encargaremos de que no se olvide, la excepción fue el gobierno del Cambio donde los trabajadores “participamos de las decisiones que nos afectan” como ordena la Constitución y por eso se ve antiestético y artificial ver a algunos compañeros risueños al lado de quien sin duda representa a los represores del sindicalismo y de la USO.

Tampoco podrán esconder que el centro de la historia de la USO, su gran logro, sigue siendo la creación de una empresa pública, Ecopetrol, para que a través de ella el pueblo colombiano ejerciera la soberanía energética y alcanzáramos la segunda independencia nacional.

La segunda independencia no es invención de Petro, es la bandera de los mineros y campesinos de Bolivia, de Chile, de México, de Perú o Argentina que, desde hace más de un siglo, es decir desde que se fundó la USO, han luchado por la independencia económica y política de nuestros pueblos. Petro aprendió esta idea con la USO en Barrancabermeja y en su gobierno miles trabajamos para lograrla pacíficamente, pero con decisión.

La USO me enseñó a defender lo público y en el sindicato conocí la epopeya de la huelga de 1948, un paro nacional que ganamos con Diego Montaña Cuéllar y Apolinar Díaz Callejas. Y con el apoyo sin restricciones de Jorge Eliécer Gaitán y de la CTC.

En la USO aprendimos que la violencia y la persecución sistemática que ha sufrido el sindicato y seguirá sufriendo en este cuatrienio, es consecuencia de la visión de la oligarquía colombiana de tratarnos como el “enemigo interno” que hay que destruir, eliminar o destripar.

También lo aprendimos en las calles. En la USO nos opusimos a la escisión y la “democratización” accionaria, porque entendimos sin vacilar que era un eufemismo de la privatización que por estos días vuelve a estar al orden del día. La última huelga llamada “patriótica” costó más de 340 despedidos y en lo personal, casi tres meses de cárcel.

La USO hizo asambleas por la paz, para promover la solución política al conflicto armado y “sacar el petróleo de la guerra”. Luchó por el fin de concesiones petroleras o la división de los mercados del gas o la distribución de combustibles. No eran solo luchas salariales y gremiales.

La USO nunca se “patevaqueó”, hizo lo que tenía que hacer y sobrevivió. Y por más que hoy algunos lo quieran borrar, es una organización de izquierda, nacionalista y popular. Dejar que nos encierren en la “malla” y solo en la conversación sobre producción de petróleo, gas y su refinación, es condenarnos a la venta por cualquier peso cuando ya no se consuma y a despedir a miles de trabajadores con centavos de indemnización, empobreciendo vastos territorios de la nación y sobre todo dejándole el negocio de las nuevas fuentes de energía al oligopolio eléctrico con condiciones precarias de empleo y sin sindicatos.

La USO tiene que volver a ser una organización democrática. Una en la que no se expulsaba al que pensaba distinto o que le entregaba la cabeza del contradictor al “patrón”. En la USO se debatía intensamente, pero se procuraba el consenso antes que ir a una votación. Porque no hay democracia sin deliberación.

La USO era una organización en la que siempre pensábamos en el país, la nación, el pueblo colombiano, los desfavorecidos y la clase trabajadora, de la cual los obreros petroleros somos parte. En la USO la formación política, ideológica y sindical era un pilar. El debate alrededor del plebiscito por la paz de 2016 fue un ejemplo de eso.

Por eso una foto, el mismo día de la derogatoria de circulares del Ministerio del Trabajo que favorecían a rapitenderos, empleadas domésticas o vigilantes sin un asomo de protesta por parte de la “vanguardia del sindicalismo colombiano”, es señal de insolidaridad, mezquindad y egoísmo.

La USO se opuso al “fracking” con aliados en el movimiento ambiental, indígena, parlamentario; lo consideraba en ese entonces lesivo para el medio ambiente, pero también contrario a los intereses de la nación. Acuñó, como hizo el movimiento sindical global, el concepto de “transición energética justa” e incluso trabajó de la mano con trabajadores del carbón y la electricidad en un proyecto de unidad que no logramos completar a pesar de su urgente necesidad.

Y con todas las diferencias y discusiones que se pudieran tener con el presidente Petro sobre la transición energética y la política petrolera, ha sido hasta ahora el único gobierno que no persiguió al sindicalismo, mucho menos a la USO. Petro recogió las banderas políticas de la USO, buscó en el Plan Nacional de Desarrollo que Ecopetrol pudiera producir y vender energía eléctrica; el Congreso y el lobby del oligopolio energético lo impidieron.

Propuso que la empresa pensara su futuro y avanzara en la transición para que a través suyo el Estado la liderara más allá de las fronteras colombianas, reformó los estatutos para darle un puesto a los trabajadores, le dio derechos a los trabajadores tercerizados, reconoció el estatus de sindicato mayoritario en Ecopetrol eliminando un pacto colectivo que durante 40 años lo mantuvo como minoría y durante su mandato conformamos asociaciones de pequeños mineros y de comunidades energéticas para darle poder y voz al pueblo sobre asuntos que les pertenecen.

Todo esto que resumo eran aspiraciones históricas del sindicato en todos sus pliegos y huelgas y nunca lo conseguimos; bastó un gobierno progresista para que se les reconociera. Mientras tanto, la empresa no se privatizó, no se marchitó la producción, se siguió explorando en los contratos vigentes, las reservas se mantuvieron, aumentó la carga a las refinerías y los conflictos se resolvieron democráticamente.

Hoy todo el debate de la política energética del país lo han reducido a que se haga o no el “fracking a lo que dé”, sin saber aún cuánto se podría extraer con ese método, sin plantear para qué el petróleo, o para quiénes sus utilidades, sin preguntarse por el medio ambiente, el agua, las comunidades. ¿Qué de diferente tiene hoy la agenda de la USO a la que históricamente ha defendido el ultraderechista sindicato Utipec, contra la que luchó la USO en Campo Rubiales hace varios años?

Mientras sucede esto con el sindicalismo más importante del sector, las petroleras en el país y en el mundo callan sobre sus beneficios tributarios, sus ganancias extraordinarias por cuenta de la guerra o sobre el neocolonialismo en Venezuela o Medio Oriente. La USO ya no está disputando ni el relato, ni mucho menos el poder ni planteando una agenda de transformación democrática para toda una nación que aún padece niveles de desigualdad, pobreza y exclusión que se profundizarán en este gobierno si lo permitimos. Ya se olvidó de hablar de lucha de clases, que, como dijo uno de los multimillonarios del mundo, existe, y la están ganando ellos.

Por eso vale la pena preguntar si todavía se canta La Internacional en la USO, aquel himno que abandera la noción de la autoemancipación humana de los explotados que invita a no depositar ilusiones en terceros (Ni César, ni burgués, ni dios) sino en la propia acción autotransformadora.

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