.
ALTA GERENCIA Locura por innovar
lunes, 13 de julio de 2015
La República Más
  • Agregue a sus temas de interés

Fabio Novoa Rojas

Esta afirmación concuerda con las presunciones sobre la innovación. Los gurús del tema señalan que uno de los primeros pasos para innovar consiste en cuestionar las formas tradicionales que los gerentes aprendieron durante la “economía industrial”, caracterizada por la productividad, eficiencia, rendimientos y las economías de escala. Y su modelo apuntaba a que las personas se comportaran con la máxima predictibilidad posible.

Pero los periodos industrial y postindustrial se extinguieron y dan paso a la actual Era Digital. Ahora las ventajas corporativas están apoyadas sobre valores diametralmente distintos: emprendimiento, imaginación y creatividad. Las firmas que propongan productos y servicios con un mayor contenido de conocimiento e innovación, serán las líderes indestronables de los próximos años. Hoy no vivimos una era de cambios; estamos asistiendo a un cambio de era.

El problema de las empresas y directivos que llamamos racionales es que cuando la realidad no se adapta a sus modelos mentales, tienen grandes dificultades para comprenderla. Habitualmente generan bloqueos que les impiden entender los cambios que se están produciendo o que ocurran en el entorno. Hay muchas cosas que las organizaciones y los gerentes no pueden imaginar, simplemente porque son prisioneros de sus propios dogmas. Hablando claro: quien no aprende a ser diferente, no puede descubrir lo que es diferente.

Pocas organizaciones son capaces de cambiar tan rápido como lo hace el mundo alrededor de ellas.  En consecuencia, si una compañía le da mucha importancia a hacer “lo correcto”, es decir, ejecutar lo que durante en el pasado ha querido o decidido la dirección, virtualmente no le queda campo para las conjeturas de la imaginación. Si se insiste en hacer siempre lo correcto, nunca se hará nada nuevo. Las empresas que busquen el equilibrio serán sepultadas. Hay que buscar el desequilibrio constante. 

Según la ortodoxia gerencial, lo correcto es desarrollar de manera eficaz lo planeado y llevarlo a cabo con esmero y sensatez. De esta manera, las empresas elaboran procedimientos para que la gente se ciña a la manera de “hacer bien” las cosas de la organización. Todo aquel que no cumpla estos lineamientos, sin duda, será fuertemente castigado. Entonces se genera un problema acumulativo: en la medida en que las empresas crecen se vuelven más conservadoras y sus empleados más lentos.

Pero si lo que se pretende es ser un protagonista del mercado, se necesita gente que piense diferente y en este punto es donde surge el concepto de locura. En una sociedad se llama loco al que piensa distinto a los demás. Una de las aceptaciones del diccionario de este término es “que excede en mucho a lo ordinario o presumible” y probablemente sea este tipo de personas las que se necesitan para afrontar los desafíos organizacionales que plantea el futuro. De esta manera, el éxito en el siglo XXI depende más de la inventiva que de los recursos.

Si apuntamos a lo bueno apenas estaremos haciendo lo necesario para sobrevivir, pero si cometemos algunas locuras estaremos apostando a construir verdaderas ventajas competitivas y un sitio de honor en el liderazgo empresarial. Los “locos” son los que no quieren o no pueden adaptarse; precipitan los cambios. Tratan de modificar el mundo. No les interesa pronosticar el futuro, sino crearlo; tienden a ser más herejes que profetas. El reto no es pensar a largo plazo, sino pensar en forma no convencional.