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EDITORIAL No minimizar el peso de los importados en la canasta
miércoles, 10 de febrero de 2016
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La devaluación puso al desnudo que poco a poco Colombia se convertía en una economía donde los  importados eran pan de cada día

 

El domingo pasado, el ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri, tuvo una salida en falso bajo la lupa empresarial al acusar a los supermercados de que en su papel de intermediarios subían los precios de los alimentos sin consideraciones sociales. La afirmación es descachada, más en palabras del director de una cartera crucial para la economía, pero se convirtió en una melodía para los oídos de los agitadores populistas en redes sociales que rápidamente salieron a congraciarse con el ministro del Partido de la U. Se le abona al responsable de los productores que puso el debate en la opinión pública y abrió una polémica que no es simple, es muy profunda y tiene que ver con el desconocido volumen de importación de alimentos que ha hecho Colombia desde cuando nos creímos un país petrolero y los economistas empezaron a alertar por una inminente contagio de enfermedad holandesa.

Cuando comenzó el rebrote inflacionario de manera simultánea con la devaluación, ni el Ministerio de Hacienda ni el Banco de la República valoraban justamente el papel del creciente precio del dólar en la canasta familiar. Mucho menos conocían que una gran parte de los productos se compraban en otros mercados y que para eso se necesitan dólares costosos, fruto de un elevado precio del petróleo en el mercado internacional. Así las cosas, se sumaron cuatro factores altamente vinculados entre sí, que fueron; la devaluación, el Fenómeno de El Niño, la inflación y la desconocida importación la alimentos.

Colombia pasó de ser un país dependiente de las exportaciones de café entre las décadas de los años 50, 60 y 70, para convertirse en pichón de país petrolero entre los años 80, 90 y comienzos del nuevo siglo, años en los que nos creímos petroleros e hicimos depender nuestras exportaciones de los hidrocarburos. Entrados los 2000, también compramos el cuento que éramos minero energéticos y nos olvidamos de las fluctuaciones y los ciclos de la economía de los países emergentes. Por fortuna, el dólar costoso desnudó la economía y puso frente al tablero a ministerios como el de Agricultura o Comercio Exterior para que rediseñen las políticas públicas de cara a los nuevos mercados abiertos por los tratados de libre comercio y, sobre todo, en función de la sustitución de importaciones de alimentos.

No hay que subestimar el papel de los importados en la economía y es obligación de los gobernantes de turno hacer que el país no solo diversifique la oferta exportadora de bienes y servicios, sino que volvamos a garantizar la producción nacional de alimentos y se desempolven conceptos como los de seguridad alimentaria, tan necesarios en estos momentos de alta devaluación. Colombia debe tomarse en serio que no es un país petrolero dependiente de Ecopetrol y que de verdad puede ser una potencia en producción agropecuaria.

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