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EDITORIAL La deuda del mejor alumno de economía
sábado, 16 de diciembre de 2017

El milagro económico chileno era un cliché hasta hace unos años, pero los cambios en la economía le han impuesto nuevos retos

Editorial

Michelle Bachelet, dejará el Palacio de La Moneda, desde donde despacha el gobierno chileno, el próximo marzo con más pendientes que ejecuciones, refrendando esa vieja idea aplicada a las películas de que nunca las segundas partes fueron buenas. Su gobierno de corte socialista moderado no priorizó el crecimiento económico, tal como había sucedido siempre en el país austral a lo largo de todos sus gobiernos posPinchet, lo que ha dejado un sabor más amargo que dulce al término de su segundo mandato. El crecimiento del PIB para este 2017 solo llega a 1,4%, una cifra que está por debajo del promedio de la región y que le impone a su sucesor grandes retos, justamente en lo que se habían destacado los chilenos: ser los mejores en el manejo de la economía de mercado desde mediados de la década de los 70 cuando aplicaron a raja tabla las políticas de Friedman.

Mañana los chilenos tendrán que resolver el eterno dilema de la democracia de su país, votar masivamente por el expresidente conservador, Sebastián Piñera o definirse por el candidato del partido de gobierno, Alejandro Guillier. Las cosas se ven así cuando se observan desde las fronteras: Guillier a reclutado para su campaña a Pepe Mujica, mientras que Piñera se ha dejado alabar y respaldar por Mauricio Macri. Son dos tendencias distintas de ver el desarrollo de los países en un entorno mundial en donde los populismos se han abierto mucho espacio.

La percepción de las firmas calificadoras de riesgo y de la banca multilateral es que en los últimos años Chile se ha desviado del modelo de la economía de mercado que le permitió en muy poco tiempo alcanzar el mayor ingreso per cápita de América Latina y convertirse en el segundo país, después de México en entrar a la Ocde, hace siete años, luego de crecer 5% en promedio durante dos décadas, pero eso es historia.

A pesar de que los indicadores macroeconómicos se mantienen altos y estables es una economía en franca desaceleración como consecuencia de los bajos precios del cobre que representa la mitad de las exportaciones, un pecado del cual nunca se liberó y que lo anclan al tercer mundo, pues padece el mismo mal de Colombia con el petróleo o Argentina con los cereales. Más allá de haber sido un país aventajado en aplicar grandes reformas que liberaron al Estado de muchas cargas, no ha avanzado en convertirse en una gran economía y seguir dependiendo de las materias primas y del comportamiento de los precios de los commodities.

Los chilenos aún comparten con los países de la región muchos de sus males: a la luz del coeficiente de Gini, como el más desigual de la Ocde y el séptimo en América Latina, detrás de Brasil, Colombia, Panamá, Honduras, Costa Rica y Paraguay. Todo parece indicar que el tren de las reformas estructurales se frenó abruptamente con los gobiernos de corte socialista y que las reformas necesarias se metieron al congelador. Durante la segunda administración de Bachelet, se desincentivó la inversión local y extranjera por los constantes cambios en el régimen tributario que llevó a los empresarios a aplazar expansiones industriales y a frenar nuevas inversiones en abrir mercados, dos de las virtudes del empresariado austral que habían catapultado al país convirtiéndolo en el alumno ejemplar de la economía de mercado liberal.

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