lunes, 30 de noviembre de 2020

La discusión del salario mínimo es obsoleta y parte de reglas anacrónicas acordadas en otro momento de la economía, aún se le rehúye al análisis basado en generar más empleo

EditorialLR

El antecedente más remoto del primer intento de asignar un salario mínimo en Colombia data de 1945 cuando se expidió la Ley 6 que establecía “los salarios mínimos para cualquier región económica o cualquier actividad profesional, industrial, comercial, ganadera o agrícola de una región determinada, (…), previo concepto de comisiones paritarias de patronos y trabajadores”.

La norma tardó cuatro años en hacerse realidad con el Decreto 3871 de 1949 que fijó la primera paga mensual legal de dos pesos. Pocos años más tarde, el Código Sustantivo del Trabajo de 1950 configuró el avance que ya es cultural y enmarca las discusiones económicas. Se entiende por salario mínimo “el que todo trabajador tiene derecho a percibir para subvenir a sus necesidades normales y a las de su familia, en el orden material, moral y cultural”.

La Constitución de 1991 y su Corte Constitucional han actualizado la jurisprudencia sobre el tema, pero en esencia no se ha cambiado mucho. Pero siempre en los primeros días de diciembre se cae en la misma discusión.
El incremento parte de un piso representado por la inflación anual causada y la productividad fijada calculada por el Dane.

El problema es que la productividad está estancada en menos de un punto porcentual hace varios años, incluso ha sido negativa. Para este año se partirá de una productividad cercana a 0,45%, similar a la de 2019 y una inflación causada de 2%; así las cosas, el ajuste pegado a la norma técnica no debería ser superior a 2,5%.

Pero una cosas es la econometría y sus ecuaciones en función de las metas macroeconómicas y otra muy distinta debe ser el contexto de desempleo, pobreza y recesión derivadas de la pandemia. Es toda una discusión de contrarios: un mejor salario claramente redundaría en mayor consumo, pero podría disparar la inflación y el alza diluirse en altos precios.

De la misma manera, un salario mínimo alto hace que los empresarios no generen más puestos de trabajo, pues los costos fijos son los que más pesan en los proyectos de crecimiento. No todos los años se pueden seguir discutiendo las cosas dentro del mismo marco teórico y de la misma manera.

El análisis del incremento del salario mínimo anual debe revestirse de nuevos elementos más acordes de los tiempos que experimenta la economía colombiana. Ya no se hizo una reforma labora que permitiera, por ejemplo, el trabajo por horas o una semana laboral de 40 horas y no de 48. Hay muchas cosas por hacer en función de más empleo, pero todo queda en el monto imaginario de $1 millón sin importar las consecuencias.

En 2017 se subieron $48.262, alza de 7%; en 2018, $43.525, un 6%; en 2019 los pesos ajustados fueron $46.874, un 6% más; y para este 2020 el reajuste fue de 6%, que en pesos le representó a las familias $49.687. Así las cosas, el monto total va en $877.802 sin el subsidio de transporte ($102.853) para un total de $980.655.

Es aquí donde el imaginario empieza a jugar en contra de la discusión racional, pues todo trabajador quiere por lo menos $1 millón, ya que está muy cerca (a solo $122.197), pero en términos empresariales y macroeconómicos no es tan simple por las consecuencias ese monto multiplicado por millones. Un salario mínimo de $1 millón de sin subsidio de transporte o conectividad es lesivo para la generación de empleo, mucho más ahora que el Gobierno Nacional tiene entre cejas una nueva reforma tributaria.

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