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EDITORIAL Expectativas sobre el nuevo Congreso
martes, 11 de marzo de 2014
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Antes de las elecciones del domingo no hubo confrontación de propuestas, ahora se espera que se vea el debate.

“Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, reza el dicho popular, que se puede aplicar a los resultados de las elecciones del domingo pasado, en las que a decir la verdad no hubo sorpresas, comenzando porque como es la costumbre, según los jefes de los distintos grupos políticos, cada uno de ellos resultó triunfador. A lo mejor es que en política, todo es posible y se vale.

El análisis de los resultados electorales debe hacerse con argumentos que van más allá de la mecánica que asigna una cantidad de curules a cada uno de los grupos políticos, lo cual resulta atractivo, pero no es lo fundamental, en el entendido que si se queda en el mero manejo de las componendas y cálculos, no es mucho lo que se puede esperar en términos de soluciones a los grandes problemas. Fue muy pobre el debate que antecedió a la jornada en el que se notaran las diferencias de propuestas e ideológicas en la agenda país y en esos términos, en buena parte se impuso la acción meramente proselitista y el poder de la maquinaria.

Puede que las expectativas no sean las mayores con el nuevo Congreso, pero asuntos como las grandes reformas que se necesitan en la salud, la educación y la justicia, entre otras, no pueden ser aplazadas, como tampoco los ajustes al modelo económico y social en temas como el agro, el desarrollo urbano y el financiamiento de las necesidades vinculadas la violencia y al desarrollo regional. El Congreso debe recuperar el control político y la vigilancia de la acción oficial, que no debe ser sola responsabilidad de los grupos de izquierda o unas minorías sin mayor impacto. 

El país vive un acentuado retroceso en descentralización que se expresa en el apoderamiento de las decisiones por parte de la tecnocracia del centro que solo consideran el impacto macro de las medidas y no la realidad de un país que está conformado por regiones con características particulares. Mucho tememos que al nuevo Congreso poco o nada le importe el asunto, pues es evidente que varias zonas del país, como Guajira, Tolima, Cauca, Nariño, Chocó y los llamados territorios nacionales quedaron con muy pobre representación en el legislativo, que impide cualquier negociación a favor de sus intereses frente a las regiones más poderosas, como Bogotá y Antioquia.

Los ejemplos concretos de ese centralismo agobiante son contundentes. Lo que está ocurriendo con la Costa Pacífica y en particular con los puertos de Buenaventura y Tumaco es muy disiente y no puede ser que lo único que se prometa es un plan de choque, como si el asunto fuera un fenómeno de gestación reciente y no de muchos años de incubación. Sería una sorpresa grata que desde el centro, los problemas del Pacífico se concibieran más en función de sus habitantes y no solo en función de un acuerdo internacional para mejorar la imagen del país. Qué bueno tener que reconocer luego que estamos equivocados en las apreciaciones.

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