viernes, 28 de febrero de 2014
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Otra vez elecciones. Y otra vez gente como yo, sin contratos con el Estado, sin intereses económicos más allá de pagar a tiempo el arriendo y el carro, sin cuotas de poder ni lealtades partidistas, sin ambiciones públicas más allá de escribir libros y columnas, otra vez gente como yo se ve enfrentada al ejercicio triste y frustrante de votar sin ilusiones, sin mayor esperanza, inclusive más con el criterio de hacerlo para que haya unas poquitas voces decentes en el Congreso que le resten curules a los forajidos tradicionales, o votar para que no lleguen los más malos a la Presidencia.

Es duro esto de vivir en un país sin expectativas reales de cambio, de evolución, condenado a un subdesarrollo medular, irreversible, por cuenta de unas clases dirigentes que están ahí para perpetuar sus proyectos hegemónicos y sus privilegios hereditarios, que abominan de la “indiada” y la “negramenta” y se mofan de ellas, pero también por cuenta de un pueblo indolente y enano que los elige con su voto vendido o con su ausencia en las urnas.

Los que vivimos de cerca el nacimiento de la Constitución del 91 nos alcanzamos a entusiasmar con ese texto que surgió de un pacto impensable entre el hijo de Laureano (el monstruo) y unos guerrilleros urbanos e intelectuales (aunque también sanguinarios) que se habían desmovilizado. César Gaviria abrió la economía y esto empezó a crecer. Y no ha parado. Hoy somos una de las 30 economías más grandes del mundo y el gobierno Santos porfía en que entregará el país en 2018 siendo la tercera de América Latina.

¿Por qué entonces si somos más ricos, hoy la indigencia bordea el 15 %?; ¿por qué la informalidad va más allá del 45 %?; ¿por qué el salario mínimo sigue por debajo de los 300 dólares, y la gente que aspira a pensionarse algún día no es más del 25 % de los trabajadores?

Hay muchas cosas que hacen aterrador el panorama de la Colombia de hoy: la empresa criminal que montaron los hermanos Moreno en el gobierno de Bogotá; la recurrencia de que suban gobernadores tan oscuros y peligrosos como Francisco Gómez; el carácter intocable del patrimonio de la Gata, aún estando condenada a 35 años (¿cuántos de estos serán en la clínica?); funcionarios venales del pasado gobierno en fuga o asilados como si fueran perseguidos políticos, y uno inclusive extraditado a USA; las conversaciones de un general con un coronel preso en las que lo alienta a urdir una maquinación contra los fiscales (y se cayó dizque por usar malas palabras); el raro e incomprensible procedimiento del Ejército haciendo interceptaciones “legales” en las que chuzaron hasta al propio Santos (¿si eran tan legales para qué se necesitaba armar toda la fachada del falso restaurante Andrómeda?).

Lejos, lejísimos de constituir alguna salida, alguna expectativa de cambio, de mejoramiento, el actual proceso electoral se sugiere como más de lo mismo. O peor, si la renovación queda en manos de Roberto Gerlein, cabeza de lista de los godos, y de Horacio Serpa, por los liberales. O de la ultraderecha.

Los comicios de este año tienen unos ingredientes que bordean la comedia de equivocaciones: la izquierda está tan dispersa y confundida que hasta el ELN atenta contra una de sus candidatas. Hay dos, pero la izquierda está partida en tres pues una tercera facción está en alianza con los Verdes. Ese matrimonio no lo entiende nadie pues Peñaloza y Petro son sus dos puntales y se sabe que el primero quiere revocar al segundo.

En un sainete parecido se ve al Centro Democrático, el de Uribe, porque luego de la convención amañada que escogió a Zuluaga, el candidato perdedor, Francisco Santos, se reconcilió con su jefe, pero sin respaldar a Zuluaga. A este tampoco lo acepta el buen José Obdulio, discípulo amado de Uribe y su noveno renglón al Senado. Y a José Obdulio no lo quiere Andrés Pastrana, que resucitó de entre los muertos para apoyar a Uribe, aunque en el pasado reciente lo trató de paramilitar y amigo de narcos y sigue viendo a José Obdulio como el testaferro de Pablo Escobar (palabras mayores). Hoy esa campaña presidencial se da el lujo de que las preguntas que le hacen a Zuluaga las responde Uribe, y el expresidente sale en comerciales aclarando cuál “no” es su partido.

Y a pesar de toda esta ridícula tragicomedia, difiero de quienes están abogando por el voto en blanco. Y difiero porque las circunstancias son muy graves si la ultraderecha en realidad consigue la cuarta parte del Senado y el resto se lo ferian los caciques y los corruptos de siempre. Por eso, mi voto es por Claudia López al Senado y por Angélica Lozano a la Cámara. Votaré por ellas porque son mujeres (la política necesita más mujeres), porque son honestas y valientes defendiendo las causas que asumen, y porque es infinitamente mejor verlas sentadas ahí que a los Names, los Guerras, los Yepes, los Garcías, los Jattin…