sábado, 1 de septiembre de 2012
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Como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, todo parece indicar que de esta prolongada crisis financiera algo bueno quedará y es la lección aprendida: hay que trabajar duro, ser honrado y ante todo mirar bien el futuro antes de tomar riesgos innecesarios.

De rebote hemos sentido el efecto de crisis duras, como el efecto Tequila de 1994 en México, provocada por la falta de reservas internacionales, que llevó a la sobrevaloración del dólar hasta en $300 con la devaluación de peso de los manitos que presionó la inflación y disparó las tasas de interés.

Hacia el sur fue bautizada como Efecto Tango, cuando en 2001 la economía de Argentina entró en recesión, acabando con el poder adquisitivo de los salarios y obligando a los gauchos al saqueo de alimentos.

El hambre del “Che” también le cobró su cuenta a los políticos: hubo cinco presidentes en tres semanas quienes al final se responsabilizaron de la peor parte que fue la fuga de capitales ocasionada por el llamado “corralito” dispuesto por el Gobierno en 2002 cuando devaluó la moneda y congeló las cuentas bancarias.

Lejana, pero igualmente sensible por su contexto, la crisis de Los “Tigres Asiáticos”  liderados por  Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea, hacia 1997, fue la primera crisis de los mercados globalizados con gran déficit, escándalo  financiero y una fuerte devaluación de la moneda que tuvo su clímax al explotar la burbuja japonesa porque el valor de los activos quedó por el suelo.

De 1998, en Colombia no queremos ni acordarnos de la burbuja inmobiliaria que nos llevó a la crisis del Upac, o del sector hipotecario cuando el saldo de los créditos subía irremediablemente, mientras el valor de los inmuebles perdía terreno llevando a un insostenible endeudamiento de los hogares.

Y ahora estamos entre los ires y venires de la crisis financiera global que arrancó desde 2008 en Estados Unidos, contagiando a Europa y a todos sus socios comerciales, entre ellos Colombia. Esa desazón se volvió rutina, no nos deja pensar en otra cosa.

Al igual que siempre, uno de los peores dramas de esta crisis lo sufren los asalariados, porque pierden sus fuentes de ingreso y de esa pesadilla no ha escapado ningún país donde a diario se reporta que el desempleo se ve dramático.

Todos estamos como en un mar de dudas agitado por malas noticias y pesimismo.

Pero ¡qué tal, si en lugar de seguir escuchando la voz del dolor, que como disco rayado diariamente nos dice que todo va para abajo, nos dedicamos a trabajar y buscamos eliminar esa mala percepción, con buenos resultados! Apenas se necesita una leve miradita para ver que toma tiempo salir de la crisis, lamentándose nada se gana. Los Tigres Asiáticos van bien, son ahora economías envidiables, porque supieron canalizar sus desventajas. Argentina y México se defienden del coletazo de la crisis norteamericana.

Al igual que ha ocurrido en anteriores eventos clave, ahora no es el fin del mundo. Todavía nos queda tiempo para seguir recuperándonos y encontrar una buena senda de crecimiento.

Mejor dejémonos de discusión, salgamos de la rutina de decir que todo va mal y miremos adelante. El futuro apenas comienza.