sábado, 1 de diciembre de 2012
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Van casi dos semanas de diálogos en Cuba, y la discreción ha sido la nota dominante, algo sin duda positivo y esperanzador. También lo es que se esté negociando afuera, para alejar la tentación del show y las presiones, no solo de la prensa, que tensionan de modo permanente en su necesidad inquisidora de saber, y hacer balances. También invita al optimismo que exista una agenda de cinco puntos, y no el ridículo desastre del Caguán que solo a partir de su tercer año consiguió un primer borrador. Son lecciones que se aprenden.
 
A pesar de todo esto, y proclamando de modo expreso mi adhesión a la causa de la paz y a la posibilidad del diálogo, tengo cuatro razones para ser francamente pesimista y creer que esto no va a terminar como queremos.
 
La primera es la escasa lucidez de las Farc para entender que no están representando a nadie en esa mesa, más que a los diez o doce mil combatientes (el número es un enigma) que integran sus filas. Las Farc dejaron de ser voceros hace muchos años de algún segmento de la población colombiana. Las encuestas trimestrales de Invamer muestran que su imagen negativa oscila entre un 94% y un 97%. En el mejor de los casos, pueden abanderar las aspiraciones de un grupo minúsculo y marginal de la izquierda más extrema. Los colombianos del estrato uno al seis aborrecen la insurgencia. Es el precio de su enorme torpeza al haber priorizado como estrategia la fuerza sobre la política. Es haber resuelto mal las disyuntivas de una guerra que era contra el Estado, pero en la que involucraron de frente y sin escrúpulos a la población civil inerme, a la cual, según su propia cantinela, ellos representan. Lo peor de todo es que las Farc creen seguir teniendo esa vocería, lo cual, en la forma, les permite llegar con la arrogancia que llegaron a la cita en Oslo y, en el fondo, les puede hacer creer que están en la mesa para negociar los grandes (e innegociables) temas de la inequidad y exclusión colombianas.
 
La actitud del M 19 en el noventa era la opuesta. Llegaron a la mesa a negociar su salida del conflicto sin otra pretensión que entrar en la competencia democrática.
 
Esto último tiene que ver con mi segundo motivo de pesimismo. A las Farc se les pasó su momento de negociar la gran agenda nacional. Ya no constituyen una presión real y contundente. En realidad casi nunca lo fueron, con excepción de esos seis o siete terribles años del 96 al 2002 o 2003 con sus golpes fulminantes a la Policía y al Ejército, con su bomba en El Nogal, su expansión a todo el territorio, su terror en carreteras, sus secuestros masivos, sus 400 alcaldes amenazados y renunciados. Ahí, quizás hubieran conseguido alzar la voz en una mesa de diálogo e imponer ciertas condiciones. En lugar de eso, optaron por burlarse del país y de Pastrana en el Caguán, lo cual abrió las puertas a ocho años de uribismo, que los diezmó y arrinconó. De romperse hoy los diálogos, las Farc volverán a su guerra de baja intensidad, atacando pueblos en la periferia, y con consecuencias siempre marginales para un país cuya economía no ha parado de crecer en cuatro décadas, con la excepción de la crisis de final de los 90.
 
El tercer punto de mi llamado al pesimismo es el propio establecimiento colombiano. Hace un mes, cuando arrancó todo en Oslo, José Félix Lafaurie, de Fedegán, hablaba de que esto era una farsa. Y tenía razón, pero no solo por las Farc, y tal vez ni siquiera fundamentalmente por las Farc. Es impensable que la dirigencia colombiana, tan torpe o más que la guerrilla en aquello de tener un proyecto de país o algún sentido de lo público, vaya a permitir las transformaciones profundas que se requieren para aclimatar una paz real y duradera. Colombia es de los pocos países del continente que nunca tuvo una reforma agraria de verdad, y en cambio sí muchas pantomimas alrededor de este tema, desde López Pumarejo hasta Virgilio Barco. Con un mapa tan revuelto por cincuenta años de conflictos, y con los ‘paras’ y los narcos en pleno ejercicio de usufructo de enormes extensiones, el lío de la tierra es insoluble.
 
La última razón es que el proceso de paz tiene unos enemigos colosales que lo van a estar torpedeando en cada fase, acosando en cada coyuntura y magnificando cada error que se cometa o cualquier acción bélica de la guerrilla. Todo el proyecto político de Álvaro Uribe depende de que fracase la paz y las Farc vuelvan a la selva. Sin subversión no hay discurso uribista ni uribismo. Y el ex presidente sabe cómo hablar, cómo fustigar y cómo torpedear, y sus portavoces incondicionales (Rangel, Londoño, Santos, Plinio, Vélez, etc.) saben cómo distribuir toda esa propaganda de la guerra.