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ANALISTAS Nuevo Congreso, ¡apague y vámonos!
viernes, 14 de marzo de 2014
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Y se dejó contar el presidente Uribe, y todavía no es muy claro si le fue muy bien (como dicen los medios de comunicación que lo ubican como la gran revelación), o si le fue mal (como afirman algunos analistas con un argumento pendejo: que pasar de siete millones largos en las elecciones de 2006 a dos millones cien mil este año es un indicio de que el expresidente viene cuesta abajo). Esa comparación entre los comicios no cabe pues no hay equivalencias.

Conseguir 19 senadores a punta de voto de opinión es excepcional y no hay antecedentes de eso. Pero, como se alardeaba de conseguir hasta 40, un resultado tan bueno se ve como una derrota. Y ayuda a remarcarla más la reacción airada de Uribe y sus acusaciones de que le hicieron fraude y le robaron votos. Siempre serán los perdedores los que se quejen.

En lo personal, me queda una sensación titubeante de desengaño, pesimismo y repugnancia frente a los resultados del domingo 9 de marzo y lo que viene para estos cuatro años en la política nacional y en el Congreso. Mucho de lo mismo, e inclusive peor.

Los dos millones y pico de votos por Uribe demuestran que existe una gran masa de colombianos sin amarres ni militancias partidistas que no creen en la corruptela medular de su Gobierno, a pesar de que la prensa y la justicia la develaron de manera sistemática en los últimos seis años, y ni siquiera admiten la evidencia de una docena de altos funcionarios presos, en fuga o encartados judicialmente. O quizá lo justifican con el peligrosísimo argumento de que si los anteriores presidentes hicieron lo mismo, por qué al pobre Uribe lo quieren llamar a cuentas. “Samper fue más corrupto (puede ser cierto) y no le pasó nada”, he oído más de una vez. O tal vez acepten que Uribe no es ni fue un santo, pero no les importa porque la sensación de seguridad que consiguió vender en ocho años es suficiente para perdonar sus pecados.

Y con todo, no es esta nueva presencia fuerte de la ultraderecha lo más feo ni preocupante del próximo Congreso. No. Estas elecciones del 2014 dejaron a las claras no solo que el país no progresa en cultura política sino que retrocede y lo hace de manera abismal. Treinta y un senadores elegidos en la región Caribe (que apenas representa el 16% de la población colombiana) recuerdan los tristes tiempos en los que en un poblado de cuatro mil habitantes aparecían votando 6.000. Las largas filas para sufragar en Barranquilla desde las 7 y media de la mañana o la baja abstención en Córdoba, lejos de convertirse en indicadores de avance son una demostración, afrentosa y sin rubores, del voto amarrado que se compra, o se feria por puestos, auxilios y favores.

Que la segunda y tercera votación personales más altas en el país sean Musa Besaile Fayad y Bernardo Miguel Elías, ambos de la U, sugiere muchas cosas: uno, que no se necesita hacer gestión alguna por las regiones ni por el país, ni constituirse en vocero ni en intermediario de los ciudadanos, para llegar al Congreso (y llegar sobrado). Musa y Bernardo han sido presencias fantasmales en las legislaturas hasta hoy, no tienen a su haber proyectos de ley ni debates de control político, pero los votantes los respaldan masivamente en las urnas. Algo está fallando de fondo en la lógica del sistema electoral y político. A cambio de eso, los dos son amigos de Emilio Tapia, y eso desnuda que además de los narcos y los paras, los grandes electores en la Colombia de hoy son los contratistas. Para cerrar el círculo, en ellos se comprueba que los escandalosos auxilios de Santos al Congreso en 2013 terminaron financiando la compra de votos y las curules repitentes de muchos. Así como Uribe le vendió el alma al diablo desde 2006 para intentar un tercer periodo, Santos se la vendió al diablo y al Congreso para conseguir otros cuatro años y dejar a Uribe sin partido y sin parlamentarios.

En la misma línea de burla y afrenta, el nuevo Congreso sigue lleno de parapolíticos en ‘cuerpo ajeno’. Los Ramos, los Aguilar, los Pestana, los Suárez Mira, los Gil, los Merheg, los Guerra, los Blel, los García (Romero y Zuccardi) se mofan de las decisiones judiciales que dejaron por fuera del juego político a sus hermanos, padres y tíos por los nexos evidentes con los paramilitares.

El bofetón del nuevo Congreso al país llega al extremo de haber dejado por fuera y sin representación real a los afroamericanos, a quienes la Constitución del 91 les dio dos curules por derecho propio. Pues bien, esos dos pupitres no solo recayeron en manos de dos individuos que fenotípicamente no tienen nada de negros sino que sufren de señalamientos serios por su cercanía a personajes muy cuestionados como Enilce López, ‘la Gata’, y Juan Carlos Martínez, ambos condenados por sus vínculos con las autodefensas.

Mejor, apague y vámonos.