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ANALISTAS Mejor el Farc-turismo que el Farc-terrorismo
viernes, 8 de noviembre de 2013
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Mala leche; muy mala leche el gesto del presidente Uribe de publicar la foto de los guerrilleros de las Farc en un catamarán en el Caribe cubano, charlando apacibles, relajados.

Se trata de una pifia más del ex presidente porque la foto no tiene nada raro, ni afrentoso; al fin y al cabo, ellos están en Cuba, negociando; tendrán tardes libres, y un viaje en bote no es mayor cosa. La mala intención, de torpedear el proceso, generarle ruidos, sumarle malas voluntades, sí es grave.

En contraste, la respuesta de las Farc y el Gobierno fue magistral: el miércoles se dio a conocer que ya existe un acuerdo importante en el punto más complejo de la agenda, junto con el tema de la tierra, y las Farc serán partido político, tendrán unas curules por circunscripción especial en la Cámara, y habrá unas nuevas garantías para hacer oposición.

Uribe insiste en su libreto; ya antes lo hizo cuando reveló las coordenadas secretas del sitio donde serían recogidos unos cabecillas de las Farc para incorporarse a la mesa de La Habana (¿qué pasó con esa investigación?), o cuando publicó fotos de policías muertos, asesinados por la guerrilla. Es parte de su doctrina guerrerista sin matices y de su proyecto político que, en un país en paz, se quedaría sin espacios, discursos y propuestas. Uribe no quiere la paz; para él sería el fin anticipado de su vida política. Hay un episodio de hace ocho años, que extrañamente pasó desapercibido en su momento, pero que revela muy a las claras el talante del ex mandatario sobre estas cosas de la paz y de la guerra. “Si yo hubiera sido guerrillero, hubiera empuñado un arma; no hubiera sido un guerrillero de cafetería, sino uno combatiente”, aseguró en un evento para criticar, sin mencionarlo, al entonces muy incómodo senador Gustavo Petro, que le hacía oposición.

La frase pasó de agache y nadie pareció reparar en el mensaje de que el Jefe de Estado estaba haciendo una apología de la violencia subversiva a la que eficazmente se hallaba combatiendo; una confesión indirecta de que le producía más respeto el guerrillero asesino que el ideólogo, en un alarde del valor de “ser varón”, algo que los narcos llevaron hasta extremos delirantes.

Pero, en fin, volviendo a los episodios de la foto del turismo guerrillero, la respuesta del Gobierno y de las Farc fue contundente, y una luz al otro lado del túnel parece sugerirse de modo realista, aunque no conozcamos la letra menuda de los acuerdos, y sea evidente que el país entero va a tener que prepararse para perdonar y pasar páginas (lo cual no significa renunciar a saber con certeza las verdades y reconstruir lo qué pasó). La insurgencia es el efecto lógico de un sistema ilógico, de unas elites torpes y cicateras que no supieron ceder en algo sus privilegios, su abarcamiento absoluto de todos los espacios de poder, ni maniobrar con unos campesinos desterrados, que ante la falta ostensible de Estado se volvieron una gran máquina de guerra, una que, como pasa en los conflictos muy largos, se degradó y se hizo criminal y sanguinaria. Ahora el precio será verlos en el Congreso, en las plazas públicas, en los cocteles; algo infinitamente mejor que verlos minando campos, poniendo bombas, lanzando pipetas y emboscando camiones del Ejército. Quizá, también tengan algo para decir, para cambiar y proponerle a ese sistema que los condenó a la periferia, y que, entre otras cosas, ha cambiado muy poco desde entonces, y también se ha criminalizado a su manera.

La esperanza ahora es que algo real salga de La Habana, y que ante las andanadas de la ultraderecha las respuestas sean más acuerdos, más progresos en la mesa. Por eso hoy más que nunca es determinante que ambos bandos le bajen a la pugnacidad (que alguien le diga al Mindefensa que se calle, por favor), a las arrogancias, al trasnochado machismo-leninismo de las Farc que les inoculó la falsa y peligrosa convicción de que mostrar humanismo es debilidad. También es un imperativo que las Farc hagan un alto al fuego, uno serio, uno sin disculpas ni relativismos, uno que se pueda inclusive verificar con observadores internacionales. Cada convoy atacado por ellos, cada piquete de uniformados muertos, cada secuestro, así sea una supuesta retención por unas horas, es el pretexto para el Centro Democrático para seguir envenenando este proceso. Y no es difícil, cuando la enorme mayoría de colombianos aborrece a la guerrilla. Si tienen alguna lucidez, deben comprender que son ellos los primeros obligados a atemperar la paz.

Gobierno y Farc son fuerzas con vocación de poder; los avatares de la historia los han llevado a compartir un enemigo común que es la extrema derecha. Siendo así, los mejores réditos los pueden conseguir restándole argumentos.

Lo que está en juego es el bien supremo de la paz (una que dure para siempre), y esta se firma no con los amigos sino con los oponentes.