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ANALISTAS Los estragos de una década mamerta
viernes, 28 de marzo de 2014
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Y finalmente no llegó la primavera, la árabe, la que sobrevino en Túnez, en Egipto, Libia, Yemen… La que nos anunciaron en diciembre, sobre todo desde Canal Capital, tras el anuncio de destitución del alcalde Petro, y cuando centenares (¿miles?) de personas se tomaron la plaza de Bolívar en protesta y algunos hasta montaron carpas y pasaron Navidad.

La tarde del 9 de diciembre, cuando se conoció la decisión del Procurador de sacar a Petro a las malas y matarlo políticamente, pudieron ser unas cinco mil personas en la plaza, pero con los días la multitud comenzó a menguar, y ya para fin de año el lugar solo exhibía unas cuantas carpas con petristas trasnochados y lívidos de tantas malas noches. La tercera semana de enero pudimos constatar que la primavera no cuajó, que la huelga general no prosperó, que los miles de miles de pobres redimidos por Petro (según él) en estos dos años no salieron a pelear por su Bogotá Humana.

Para hacer más ostensible la nimiedad de la protesta, el 26 de enero una multitud cinco o seis veces más grande que la de la plaza de Bolívar el 9 de diciembre se tomó las calles para mostrar su respaldo a una señora sesentona, con varias cirugías en la cara, de escaso vuelo intelectual y discurso más bien pobre, que desde un púlpito cristiano había clamado contra la posibilidad de que los feos, los cojos, los tuertos puedan predicar. Esto, por orden expresa del Espíritu Santo. Los marialuisistas, o piraquivistas o miraístas nos mostraron que la primavera de Petro solo estaba en sus sueños megalómanos.

No hubo primavera y, a cambio de eso, una década con tres alcaldes de izquierda (dos malos y uno pésimo) nos dejan la evidencia de un largo invierno para la capital con horribles consecuencias ideológicas, de atraso en obras, en soluciones a problemas agobiantes, en cultura ciudadana e inclusive en políticas sociales.

Me siento autorizado para hablar luego de haber votado por esos tres alcaldes de la izquierda que hoy ya son un mal recuerdo. Voté por ellos por la convicción íntima e innegociable de que Colombia necesita de una izquierda inteligente, abierta, eficaz, pulcra, incluyente (de todos todos), que se constituya algún día en alternativa real de poder a esta derecha negociante, corrupta, miope y transaccional que nos mal gobierna desde el siglo XIX.

No tengo cifras, y en realidad tampoco me producen gran confianza las cifras oficiales. La estadística es la ciencia de acomodar las cosas a la voluntad de los poderes. Mi clamor por la Bogotá desvencijada y maltrecha de hoy nace de caminarla, de sentirla, sufrirla, temerla y maldecirla. También de añorarla. En ese orden de cosas, y en mi percepción de ciudadano, Petro deja una Bogotá que no es mejor que hace una década: con millones de grafitis y mamarrachos martirizando la mayoría de fachadas, con la basura acumulándose en los sardineles, con la avenida Chile y la carrera 13 en Chapinero, pero también la 27 sur y la sexta (en el 20 de julio) repletas de informales (esos que ayudan a que la estadística del desempleo esté cercana a un mero dígito), con la calle 26 reducida a un carril de oriente hacia occidente por las vigas de unas obras inconclusas, con la entrañable carrera séptima en una peatonalización que es en verdad ridícula, con el colapso de un Transmilenio que pasa 49 días del año bloqueado por las protestas contra el pésimo servicio, y en el que estación tras estación se suben limosneros a pedir.

Mis amigos más mamertos, los que todavía dicen “compañero” y se abstienen de hablar mal de Chávez y miran con recelo a la “tomba”, descalifican estas percepciones con el argumento de que pertenezco a los privilegiados de los estratos 4, 5 y 6, y a cambio de eso me hablan (sin cifras también) de la enorme inversión en la gente, de las obras en el sur, de la gestión social y la disminución de la pobreza. Y yo, cándidamente, solo pienso: “¿por qué no floreció la primavera petrista si el tipo fue tan bueno con los pobres?, ¿por qué dejaron solo a su gran benefactor?

Para completar el panorama, el descalabro de Petro y de la izquierda en Bogotá no solo deja malherida la ciudad sino que pone a tambalear el proceso de paz en La Habana porque el argumento simplista de que “cómo convencer a las guerrillas de venirse a hacer política si luego los destituyen a la brava”, ese argumento es fácil de vender. Petro no salió de la alcaldía por ser ex guerrillero sino por ser inepto, terco y autócrata en extremo. Que la derecha haya hecho fiestas con eso es otra cosa.

Justamente, ahí está el último daño que nos deja esta mala década de la tripleta Garzón-Samuel-Petro. La ciudad que siempre fue independiente, más madura que el resto del país en cosas de política, giró abruptamente a la derecha, y a la peor derecha, que es la de un expresidente cuyo apellido no quiero recordar.