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ANALISTAS Leonela en Yorkshire
miércoles, 25 de febrero de 2015
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Confieso que estoy enganchado a Downtown Abbey, un culebrón sobre los avatares de una familia aristocrática inglesa en las primeras décadas del siglo XX. 

Sin embargo, la serie es algo más que una Leonela en Yorkshire con mejor puesta en escena, actores Shakespeareanos y mas elegancia.  En el breve periodo de tiempo donde transcurre la trama, desde 1912 hasta 1924, el mundo cambia totalmente para la aristocrática familia Crawley y para sus empleados, aunque ocurre de tal forma que el trastorno resulta imperceptible.

Algo así como que todo cambia para que nada cambie pero todo acaba cambiando sin que nadie se dé cuenta. 

En estos años se desmontaron en Inglaterra la mayoría de privilegios aristocráticos a través de reformas políticas y de la introducción de impuestos a la riqueza, a las herencias y a la tierra.

También se creó el estado de bienestar con la introducción de servicios públicos de educación, salud y pensiones; así como el establecimiento del salario mínimo y nuevos derechos laborales. En igualdad de género se otorgó el voto a la mujer y se fomentó el ingreso a la educación superior.

Finalmente, en 1924 el partido laborista llegó al poder de la mano de Ramsay McDonald,  el hijo ilegitimo de un campesino y una empleada domestica, cuya agenda socialista aterra a Lord Grantham y alegra a los empleados, quienes ven en el nuevo Primer Ministro una persona que a diferencia de los otros por fin “conoce lo duro de la vida”. 

Para una sociedad en proceso de cambio, como la colombiana, hay muchas lecciones para aprender de la historia de las transformaciones democráticas que se hicieron en la Inglaterra de principios del siglo XX.

Reformas que fueron profundísimas y que lograron una estructura más igualitaria de la sociedad sin exacerbar la lucha de clases. En otras palabras, nunca se trató de un juego de suma cero, donde se les quita a unos para darle a los otros, sino más bien de permitir que todos tuvieran la oportunidad de tener. 

En vez de expropiar las grandes propiedades y quemar mansiones, se incrementaron los impuestos a la tierra y a las herencias. Esto acabó con las haciendas improductivas. Los ejércitos de empleados domésticos se fueron disminuyendo porque eran muy costosos debido a las prestaciones sociales y a una mayor movilidad social. 

Por su parte la educación de las mujeres les dio libertad y les abrió oportunidades laborales. Así mismo, la eliminación de los requisitos de propiedad para ejercer el voto y el voto femenino, junto con la limitación de los poderes de la Cámara de los Lores, amplio la participación democrática, lo cual a su vez aceleró los cambios.

Todo bajo el imperio de una fiel y justa aplicación de la ley, o sea del estado de derecho, que fue en últimas lo que le dio garantías a los diferentes segmentos sociales de que los cambios serían incrementales y no cargados a favor de uno o de otro.

Contrastan estos procesos exitosos de cambio con la tragicomedia que es, por ejemplo, la revolución bolivariana de Venezuela o la Bogotá petrista. Bajo el mantra del “cambio de modelo” se busca el rompimiento de los procesos democráticos apelando a un populismo grotesco. La tesis fundacional no es el crecimiento de la riqueza para todos sino la repartición de la pobreza entre todos. Ante su fracaso inevitable estos gobiernos logran mantenerse en el poder sobornando con recursos públicos a una mayoría simple de ciudadanos marginados que devuelven el favor con apoyos electorales. 

Sobra decir que no es de esta forma como se construyen instituciones, ni como se logra el desarrollo sostenible en el largo plazo y mucho menos la forma como se consolida una sociedad equitativa que respete las libertades individuales.

No es, en otras palabras, la forma como se construyó la Inglaterra del siglo XX sino la forma como se construye la Venezuela socialista del siglo XXI.