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ANALISTAS Gabo nuestro que estás en los cielos
viernes, 25 de abril de 2014
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En 2007 Álvaro Uribe dijo, al instalar el IV Congreso de la Lengua, que el Quijote podría haberse quedado sin escribir si Cervantes hubiera aceptado venirse a Cartagena de Indias como “contador de galeras”, en 1590. Según el expresidente, y parafraseando a Pedro Gómez Valderrama, “el fragor del trópico y su aire caliente saturado de salitre y de sexo” quizás hubieran impedido que se diera a luz la obra maestra del idioma español.

Mirando los sucesos desde ese Jueves Santo cuando se nos fue el Gabo enorme, estoy convencido de que “Cien años de soledad” nunca hubiera sido posible si García Márquez no emigra de Colombia, eso sí llevándose con él ese trópico cargado de calor, de salitre y de sexo. Tampoco habrían existido, o habrían quedado en obras corrientes, “El otoño del patriarca”, “El amor en los tiempos del cólera” y otros libros excelsos.

La mejor decisión de su vida, para él, para la literatura y para el castellano, fue irse a vivir a México y no quedarse en esta Colombia cicatera, obtusa y sobre todo mezquina para permitir que un hombre del pueblo alcance, o siquiera llegue a soñar, con alcanzar las estrellas. Así lo pude comprender sentado en las bancas de atrás de la catedral primada este martes en el lánguido, mínimo y desabrido homenaje que le rindió el Gobierno al colombiano más importante en toda su historia.

Ya se habían producido las estúpidas declaraciones de María Fernanda Cabal que lo mandó al infierno por su amistad con Fidel Castro. De nuevo, la ultraderecha pisoteando torpemente los campos de flores, tratando de apagar la poesía con su violencia rampante. No vale la pena detenerse más en la congresista porque el infierno no existe (ya lo dijo Juan Pablo II), porque el Gabo no creía que hubiera un lugar así, y porque, en últimas, si realmente existiera hay otros amigos del Gabo tanto o más deplorables que el tirano de Cuba. Plinio Mendoza, para citar un ejemplo.

Sentado en esas bancas de la catedral comprendí que la grandeza del Gabo fue definitivamente haber nacido en Colombia y conseguir ser genio sin ser rico ni de buena familia. Eso, en este país es excepcional pues aquí la genialidad, la que se reconoce públicamente y se admira, tiene que ver con la carga genética, pero no con la de los cromosomas precisos de la imaginación y el talento, sino con la de los apellidos.

Para dimensionar esto, García Márquez nació en Aracataca, una aldea a una hora de Santa Marta, donde Colombia empieza a dejar el verde y se va internando en el Caribe como una península sofocante y desértica; un pueblo perdido y recóndito como Macondo, de sexta categoría según la clasificación a la fecha del Ministerio de Hacienda, y en la larga lista de “municipios económicamente muy insuficientes”, del Departamento de Planeación Nacional. ¿Cómo puede haber sido en ese lejano 1927, cuando Gabo nació?

En otras palabras, el escritor venía de la ruralidad más remota de la provincia, que es equivalente al tercer mundo del tercer mundo. Vivió en Cartagena y en Barranquilla, como reportero. Luego vendió enciclopedias en La Guajira; se vino a Bogotá, a ejercer como periodista, y con rapidez la sintió muy estrecha. Vivió pobremente en Italia, Suiza y Francia. En París aguantó hambre y noches de intemperie hasta desear que lo detuviera la gendarmería y así poder dormir en una celda sin frío y con el desayuno fijo del día siguiente. Y luego recaló en México. Él mismo narró la hermosa epopeya de cómo él y Mercedes tuvieron que enviar a Buenos Aires el manuscrito de “Cien años de soledad”, ahorrando pesos, pidiendo al fiado por meses, para terminar remitiendo solo la mitad del texto a Argentina, pues el importe por la obra completa costaba demasiado. Lo único malo es que enviaron la segunda parte, no la del comienzo.

México nos mostró esta semana qué tan lejos estamos de ser un país respetable, serio y que realmente honre a sus héroes. Apoteósico lo que le hicieron al Gabo en Bellas Artes, en el DF, abierto a todo el público y con sus colas interminables para despedirlo; sobrio y sin oportunismos políticos. Lo de aquí, en cambio, desnuda la pasta (o el cobre) del que está hecha esta Colombia pequeña: el poder religioso metiéndose a codazos en el homenaje a un anticlerical convencido; la exclusión evidente al hacerlo en un recinto cerrado y con la exigencia de invitación para entrar. Adelante, el cuerpo diplomático, el alto Gobierno, los parlamentarios, incluido el deplorable Roberto Gerlein. Atrás, muy atrás, en las últimas bancas, los escritores, la cultura, la gente del arte.

Y Santos haciendo campaña con el pobre argumento de que el mayor anhelo del Gabo era la paz (la paz de él, la de La Habana, obviamente). Y García Márquez, desde el infierno o el cielo, da igual, con seguridad muerto de risa viendo a ese país tan exiguo del que se logró escapar gracias a Dios.