Analistas

Fabio, retrato de una generación sin culpas (II)

Siguiendo en la línea de todo el mal sabor, de todo el mal olor, alrededor del caso de Fabio Salamanca y la muerte de dos mujeres y las lesiones a un hombre por cuenta de una noche de juerga de este muchacho de 23 años, todo apunta a que el caso va a resolverse del modo más triste y ramplón.
 
Ya hay un arreglo, o un preliminar o un acercamiento, para resarcir a las familias de las víctimas por $800 millones. El sistema judicial lo permite, y es altamente probable que en la negociación logre una condena por homicidio culposo (que paradójicamente significa sin mala intención), y que la Fiscalía acepte cinco años de casa por cárcel.
 
Un mensaje, sin duda, funesto para el país, para el sentido y respetabilidad que debería tener la justicia y un nuevo escupitajo para el muy maltrecho valor de la vida en Colombia. Un mensaje claro de que todo se puede transar; que todo se compra, y que la justicia aquí no es ciega, ni tuerta siquiera,  sino ávida y cicatera y que premia a los que tienen recursos.
 
No obstante, yo quiero recabar en la tesis de que Fabio es quizá, de alguna manera, otra víctima de todos estos incidentes amargos. Y no por el argumento cándido de que también arruinó su vida al tener que cargar para siempre con dos muertos en su consciencia. Fabio puede ser una víctima, pero de esa ruptura cultural que arrancó en los ochenta y se hizo muy fuerte en los años noventa, que modificó los paradigmas sobre la niñez, y trastocó los patrones de crianza, las relaciones de poder entre adultos y niños, entre padres e hijos, y a la postre toda la concepción sobre la autoridad.
 
No pretendo estigmatizar ni hacer generalizaciones ingenuas; tampoco caer en la postura tradicional de los viejos de que todo tiempo pasado fue mejor y que las nuevas  generaciones siempre representan decadencia y crisis. No. Estoy convencido de que muchas cosas en la educación del pasado no estaban bien, y que niños invisibles, niños sin voz, aterrorizados ante la dictadura paterna, no constituían nada positivo. Tampoco que la agresión y el palo fueran buenos para levantar a nadie.
 
Los cambios legales y culturales de las décadas pasadas para rescatar la infancia y convertirla en sujeto de derechos son grandes avances, en particular la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, de 1989, que pregona el famoso “interés superior” de ellos sobre todo lo demás.
 
El problema es que ante este impresionante garantismo con que empezaron a crecer los niños nacidos a partir del 90 (no me tomen tan literal esa fecha, ni pretendan que olvido cuán mal la pasan miles de chicos de la periferia social), el problema que veo es una gran confusión con respecto a los límites, y la perplejidad de los padres (y los maestros, y los adultos) en su propio ejercicio de la autoridad.
 
Por eso creo que hay una cierta dictadura de los niños en los últimos 25 años, cuyas consecuencias son imprevisibles porque estamos apenas viendo arribar la primera camada a la edad adulta, al mundo profesional, al mundo en que se maneja un Audi y se puede matar a dos personas por conducir borracho.
 
Me preocupa que los platos rotos del nuevo modelo los terminen pagando justamente esos niños que hoy están volviéndose adultos. Sin pretender generalizar, ni dictar cátedra, ni hacer futurismo, pero también pidiendo que no contrapongan la casuística individual a estos argumentos, veo una generación que se está levantando con varios problemas.
 
Veo una generación sin capacidad para desear, porque todo o mucho se le cumple antes de ser deseado (y como obligación de los padres). Ya no hay que esperar a diciembre, ni portarse bien para recibir lo que se quiere porque, además, la satisfacción a los deseos debe ser inmediata, expedita. No hay plazos ni esperas, pero tampoco ilusiones. Se perdió el derecho a la ilusión.
 
En esa misma línea, veo una masa de gente joven con dificultades para incorporar entre sus valores la noción del esfuerzo, propio y ajeno. Todo está dado y resuelto y hoy es mucho más difícil perder el año que ganarlo.
 
También, un colectivo con limitaciones para resolver problemas, grandes, como los de Fabio, o pequeños, como perder una materia o no conseguir una cita. Las dificultades son la herramienta para adquirir destrezas en la resolución de problemas, y los padres en estas dos décadas han estado tan convulsivamente avocados a solucionarles todo a sus niños, que no les han dejado espacio para la posibilidad de equivocarse y aprender.
 
Es una generación pragmática, de una ética de los resultados, que desdeña el amor al conocimiento per se, y prefiere el saber específico, el que produzca rendimientos prácticos… y dinero. ¿Morirán las humanidades, la sociología, la antropología? Martha Nussbaum, en su estupendo libro “Sin fines de lucro”, sugiere que sí.
 
Por lo pronto, a Fabio (lo digo con respeto y dolor), los papás ya le están solucionando el gran problema en que se metió.