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ANALISTAS En La Habana se hunde un barco…
viernes, 1 de febrero de 2013
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Tristemente y más rápido de lo que aguardábamos, en La Habana se empiezan a configurar los vaticinios sobre el eventual fracaso de los diálogos de paz.

 
La discreción y hermetismo de los primeros días, que nos generaba un poco de ilusión a los que hemos visto varios procesos de paz hundidos por la histeria de los bandos ante los micrófonos, se está diluyendo y va camino una vez más a la confusión y el caos de mil voces opinando, pontificando, acusando y haciendo mucho ruido.
 
Varias torpezas se han visto en estos primeros dos meses del proceso. Y son de lado y lado. No comprendí por qué el presidente Santos, por ejemplo, aseguró hace unos días que podría existir un referendo al final de la negociación para que los colombianos avalemos lo pactado en Cuba. Es tremendamente peligroso abrir esa puerta y convertir la paz en un asunto electoral, por varias razones: una, existe un sector identificado y vigoroso que está en contra de cualquier concesión a las guerrillas, y cuenta con un gran aparato para hacer proselitismo; dos, es un poco ilógico empoderar a unos emisarios para que lleguen a unos acuerdos y, conseguidos éstos, decirle a la guerrilla que no se pudieron cumplir. Eso no hacía parte de las reglas del juego desde el inicio. También es probable que algunos de los puntos que se acuerden tengan cierta complejidad política y social, con lo cual se forzaría a que sectores eternamente poderosos se movilicen y consigan el triunfo del No; la otra complejidad es legislativa y eso puede derivar en un fracaso parecido al del referendo que perdió Uribe en 2003, cuyas preguntas eran incomprensibles para el grueso de la gente.
 
A esa torpeza, las Farc le sumaron otra peor: abrir las puertas a una Asamblea Nacional Constituyente como remate obligado del proceso. ¿Con qué fin? No es claro, pero lo evidente es que si ese cuerpo se conforma por voto popular, la insurgencia no conseguiría una representación de más de un 2% ó 3%, mientras que las derechas se llevarían veinte veces esa cifra. Con el riesgo adicional, de darle a la derecha más beligerante la ocasión de oro para derribar todo lo bueno que nunca le gustó de la Constitución del 91.
 
La actitud de Humberto De la Calle poniendo un ultimátum a los dos meses de iniciado el diálogo tampoco me parece inteligente. Y menos hacerlo ante el micrófono. No justifico el secuestro en ninguna de sus formas, pero cuando el presidente Santos aceptó llegar a un diálogo con la guerrilla le concedió mal que bien un estatus de contraparte mucho más allá que los simples criminales comunes de que habla el uribismo. Se dialoga, además, en medio del conflicto, con sus ataques, sus emboscadas, sus operativos y su toma de rehenes. Bajo una lógica de la guerra entre facciones, retener soldados y policías no es secuestrar. En últimas, se trata de combatientes. Caso infinitamente distinto es plagiar civiles, sea cual sea su condición, y aún peor hacerlo con fines extorsivos. No se pueden meter las cosas en un mismo saco.
 
De todos modos, un país que se acostumbró a ver mentir a las Farc del modo más cínico y descarado, y los vio mantener, sin el menor viso de humanismo, amarrados en la selva durante muchos años a uniformados y a civiles marchitándose unos junto a otros, es un país que difícilmente aceptará esas distinciones.
 
Los negociadores, en cambio, sí deben tenerlas claras, y ahí está la torpeza de De la Calle. Con una jauría de enemigos afuera ladrando contra el proceso de paz, ¿por qué alimentar más fuegos desde adentro y más en la actitud del ‘apague y vámonos’?
 
Con todo, la torpeza de torpezas la sigue demostrando la guerrilla con su actitud de arrogancia y de insultar la inteligencia del país negando lo que es innegable: sus nexos con la droga, sus crímenes de guerra y los cientos de miles de desplazados por las tierras que arrebataron. Sin pretender que lleguen humildes y sumisos a la mesa, sí es esperable otro talante más político, más conciliador, pero sobre todo más realista con sus verdaderas condiciones. Ellos constituyen la parte más débil en el diálogo; llegaron allí porque se les propinaron golpes certeros a su estructura y a su proyecto; son una organización terrorista para la mayoría de naciones, salvo unos pocos vecinos con gobiernos de ‘izquierda revolucionaria’. Son objeto del odio visceral de casi la totalidad de colombianos, y representan políticamente a una izquierda marginal y recalcitrante, casi inexistente.
 
¿Qué falta, me pregunto yo, para que consigan una mínima lucidez de que esta es su última oportunidad antes de ser arrasados por una derecha intemperante que además los necesita como pretexto y discurso para perpetuar en el poder su modelo corrupto y excluyente de sociedad?