sábado, 15 de diciembre de 2012
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Es célebre la frase atribuida a Luis XV de que “después de mí, el diluvio”, en alusión al desinterés y despreocupación de lo que pueda venir para un país cuando un gobernante ya no esté al frente.

 
Hugo Chávez acaba de demostrar que no está muy lejos de Luis XV. El hecho de presentarse a elecciones hace dos meses con una enfermedad terminal es la máxima irresponsabilidad y la demostración de que por encima de su proyecto político (si alguna vez existió) o del interés nacional siempre estuvieron su megalomanía y la satisfacción de su hegemonismo seudo imperial.
 
Los últimos episodios de Venezuela y el cáncer de Chávez demuestran qué tanto logró desinstitucionalizarse ese país en estos años de “revolución”. El oficialismo venezolano despidió con pañuelos y lágrimas a su líder en su último viaje a Cuba, y la oposición se unió a los deseos de recuperación y, de modo tímido y marginal, solicitó algunas claridades sobre la salud del Jefe de Estado. La respuesta de Diosdado Cabello, cabeza de la Asamblea, fue acusarlos de morbosos por querer husmear en la historia clínica del Presidente.
 
En un país serio, la salud del mandatario es un asunto público y su capacidad mental y física para seguir al frente del Gobierno es algo que interesa a todos. En Venezuela no se ha alzado la primera voz para cuestionar por qué el Presidente se presentó a elecciones si seguía enfermo, y aún más por qué aseguró por su propia voz que estaba curado totalmente.
 
El diluvio que se viene para Venezuela tras la ausencia de Chávez es inminente, y tiene signos catastróficos. Luego de casi catorce años de gobierno autocrático y bajo la fachada de la democracia, Chávez consiguió construir un país a su propia medida. Un país en zozobra, con una dirigencia insignificante y sin espacios para discrepar. A lo largo de estos años, el propio chavismo sufrió un proceso de empequeñecimiento mientras se engrandecía su figura personal. Esto se debió a que Chávez fue implacable para expulsar a todo aquel que manifestara algún reparo sobre su modelo político. Así, descabezó a todo el sector inteligente de su movimiento y terminó gobernando con una cuadrilla de personajes sin ningún vuelo intelectual, sin libreto propio pero ciento por ciento obsecuentes a sus órdenes y directrices.
 
Pero además, Chávez deja una Venezuela sin instituciones, por su tendencia a sustituir el Estado por su propia figura. De ese modo, su dominio del poder legislativo, del judicial, de los órganos de control, de la rama electoral es absoluto. Al punto de simplemente existir para avalarle sus proyectos. En esa misma línea, el manejo del presupuesto de la Nación, dependiente en un 90% del petróleo, se volvió una caja menor y personal para financiar sus iniciativas dentro y fuera del país. Y para completar, armó a un sector de la población, las milicias bolivarianas, y exacerbó el discurso de la lucha de clases.
 
En ese panorama, y dentro de la más absoluta escasez de transparencia en el manejo del Estado, debe producirse la sucesión. En un primer escenario se podría pensar en el gran chance para la oposición, que representa un 45% del país y viene con toda su maquinaria aceitada de unas elecciones recientes. Chávez designó como sucesor a Nicolás Maduro, un gran agitador de masas como ex dirigente sindical, pero sin ningún manejo político. La lógica sugeriría que si bien un enorme caudal de votos lo debe acompañar, no será la totalidad de los de su jefe. En estos países los votos no son endosables. Pero aún ganando la oposición las elecciones, existen tantos intereses oscuros tras casi 14 años de chavismo, que entregar el poder es impensable para un sector del generalato, que deberá explicar sus relaciones con las Farc y con el comercio de droga; para la llamada boliburguesía, que tendrá que rendir cuentas sobre cómo se hizo rica en estos años; para la alta burocracia, a la que se le podrán exigir razones sobre el financiamiento a Cuba, a Nicaragua, a Bolivia, y las maniobras en Pdvsa. Con Chávez vivo (e inclusive fuera del poder), esas responsabilidades quedarían matizadas en el debate político. Con Chávez desaparecido se impone la desbandada y el sálvese quien pueda.  Entregar el poder, entonces, no es una opción.
 
En un segundo escenario,  el chavismo puede seguir al mando, pero con riesgos y dificultades gigantescas. El primero es la división entre el sector de Nicolás Maduro (el ungido) y Diosdado Cabello, que maneja la Asamblea y representa el ala más militarista. En América Latina todos queremos mandar y esta es la oportunidad para esos mandos medios que siguieron a Chávez sin chistar. Lo segundo es que ninguno de ellos logrará la obediencia ni la capacidad de contención a los militares y a las milicias populares que conseguía Chávez. Sin instituciones, y sin Chávez, debe sobrevenir una enorme dispersión.
 
Hay serios nubarrones de diluvio sobre Venezuela.