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ANALISTAS Charlie Hebdo y Mahoma, en la misma hoguera
viernes, 16 de enero de 2015
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Yo creo que Wolinski, Charb, Cabu y Tignous, los caricaturistas franceses que murieron junto a 8 personas más en París tras el horrendo ataque de unos fanáticos islamistas a la revista Charlie Hebdo, no son víctimas de la libertad de expresión. En lugar de eso, creo que son las víctimas más recientes, y no las últimas, de una geopolítica mundial absurda, torpe y fallida.

Más allá de hasta dónde puede llegar la libertad de opinión, subyace otro debate más complejo porque cuestiona las bases mismas de la civilización global y de su intento por homogenizarlo todo: creencias, costumbres, hábitos, atuendos, formas de leer la vida... Ello de la mano de un modelo económico cuya única ética es la de los resultados y bajo un sistema segregacionista de organización social, con ciudadanos de primera, segunda y tercera.

Por eso, considero que los muertos de Charlie Hebdo son la consecuencia (otra más en los últimos 15 años), de una larga cadena en ese largo manoseo, en esa burla constante, de las grandes economías y sus sociedades exitosas, a una porción del planeta en la que, por compensación o ironía, quedaron ubicadas las reservas de hidrocarburos que mueven los engranajes del capitalismo. Por eso, creo que existe un hilo conductor directo entre la muerte horrenda de los dibujantes y los sucesos de 1928 cuando, como recuerda Leonard Mosley en “La guerra del petróleo”, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se repartieron los despojos del imperio otomano y con un tiralíneas rojo sobre un mapa del Oriente Medio trazaron países ficticios, les pusieron gobernantes títeres, separaron tribus con nuevas fronteras. Y el petróleo, todo para ellos.

También existe un vínculo con las decisiones de 1948 cuando Harry Truman, presidente de USA, llevó a su país a ser el primero en aceptar al nuevo estado judío, apenas 11 minutos después de que se declaró su independencia. En su libro “FDR meets Ibn Saudi”, William Eddy recuerda cómo el secretario de Estado, George Marshall, se mostró en desacuerdo con crear una nación judía en el Medio Oriente por considerarlo provocador y hostil con los árabes. La respuesta textual de Truman a los críticos fue: “Lo lamento, señores, pero debo responder a cientos de miles que están apostando por el éxito del sionismo: No tengo cientos de miles de árabes entre mis votantes”.

El mismo hilo conductor que une el respaldo irrestricto de E.U. a Israel y su negativa de 48 años a no acatar la resolución 242 de Naciones Unidas que le exige retornar a las fronteras fijadas en el 47, y con Jerusalén como ciudad internacional.

Así mismo, con la sordera y disimulo de las grandes potencias frente a la “limpieza étnica” que ocurrió en los Balcanes, y que mató 100 mil seres humanos, 55 % de ellos musulmanes, entre el 92 y el 95. La ONU apenas reaccionó año y medio después de iniciada la guerra y aún hoy la Corte Internacional de Justicia no acepta que allí se haya perpetrado técnicamente un genocidio, y apenas admite bajo esa categoría la masacre de Srebrenica, donde los serbiobosnios exterminaron en dos semanas a 8 mil mahometanos en “zona segura” controlada por cascos azules de Holanda. Allí no había petróleo; no había afán por intervenir.

En Kuwait, uno de esos artificios creados por el tiralíneas de 1928, sí había y mucho, y por eso George Bush padre no titubeó en empezar la famosa “Tormenta del desierto”, en 1990, que pulverizó en menos de un año a Irak. Su hijo menor la continuó doce años después, pero con el vergonzoso ingrediente de justificar la nueva invasión tras la mentira rampante de que Irak escondía un poderoso arsenal de armas químicas. Cuando ya Hussein estaba muerto e Irak invadido, la ONU sentenció que no habían hallado esas armas por ninguna parte. Y no pasó nada. Y no pasó nada.

Y en todo ese siglo, en Francia, en Alemania, en Inglaterra y en USA, a los millones de inmigrantes árabes, turcos, persas (algunos musulmanes y otros no) las sociedades los recibieron a regañadientes y los redujeron a la periferia. Los condenaron al gueto, en esa consciencia segregacionista que domina su mundo. Es curioso que de ahí, justamente, de esas barriadas pobres de los magrebíes, o de los “cabezas de turco”, o de los “pakis”, han salido muchos de los terroristas que en quince años han protagonizado los macabros sucesos de las torres gemelas, de los trenes de Madrid o las bombas de Londres, o los muertos de Charlie Hebdo. De allí han salido centenares también para nutrir ese pavoroso experimento que se llama Estado Islámico.

Expoliados, solo les quedó el fatal recurso de la ira. Mahoma y su condición de excluidos son el combustible que los tiene ardiendo en el fanatismo de la religión. Y occidente parece no ver más argumentos que oponerle fuego al fuego.