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ANALISTAS Catatumbo, ¿inicio de un gran estallido social?
viernes, 19 de julio de 2013
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Creo, como el profesor alemán Hans Kummer, de la casi extinta escuela de Fráncfort, que el mundo no se va a acabar por cuenta de un asteroide, ni de la erupción de un supervolcán; tampoco por una explosión atómica ni por el calentamiento global. En el fondo, creo que el mundo no se va a acabar, en los términos de un apocalipsis. Pero creo, como cree Kummer, que en menos de cincuenta años sí vamos a presenciar un cataclismo social de enormes proporciones, uno que probablemente genere cientos de millones de muertos, remueva la estructura económica hasta su último ladrillo e implique todo un nuevo orden mundial.

 
La desaparición del comunismo como modelo de sociedad y de organización tiene bastante que ver con todo esto. No pretendo discutir si el comunismo era bueno o malo, pero sí aceptar que su existencia cumplía un papel de amenaza, de riesgo latente que morigeraba un poco la barbarie a la que puede llegar el capitalismo. Dicho de un modo muy simple, existiendo la opción comunista, a los trabajadores en “el mundo libre” había que tratarlos bien, en términos de seguridad social, de garantías, subsidios, salarios, horarios, etc. Desaparecido el terrible oso soviético, con Rusia apostatando de su socialismo y China practicando uno que nadie termina de entender, el capitalismo se quedó sin “coco”.
 
Desde entonces, el neoliberalismo vencedor ha conseguido sacar adelante su estrategia, sin sonrojo y sin matices, de concentrar la propiedad de la riqueza en los que ya la tienen. Es la fórmula menos incierta y menos azarosa. Por eso los Gobiernos de la mayoría de países legislan para favorecer a los industriales, a los banqueros, a los exportadores, porque finalmente son ellos quienes constituyen el motor de las economías y los generadores del empleo.
 
Lo perverso es que todo este engranaje parece tener serios problemas para incluir grandes masas de población y, al contrario, viene dejando un amplio remanente de marginados que crece y crece y se va orillando en las periferias, no solo urbanas sino culturales e inclusive anímicas. Según el Banco Mundial en su informe sobre Objetivos de Desarrollo del Milenio, para 2015 se estima que habrá 2.036 millones de pobres en el planeta, o sea gente que seguirá viviendo con menos de dos dólares diarios.
 
Ese es el impresionante caldo de cultivo que presagia el posible cataclismo social para el futuro. En este punto, atemoriza mucho el panorama colombiano y sus continuos estallidos sociales de baja intensidad, y a veces no tan baja, que vienen haciéndose cotidianos en la última década. En un estudio del Cinep sobre Luchas Sociales se muestra cómo de 2002 a 2008 hubo un promedio de 643 por año, o sea casi dos por día. En 2007 fueron 800 y en 2008 subieron a 950.
 
Muchas de estas protestas terminan derivando en acciones de fuerza con bloqueos, destrucción de automotores y edificios, y tristemente varios muertos. Ayer, por cuenta del paro de los mineros estaban bloqueadas las vías a Buenaventura, y Santodomingo y Tarazá (Antioquia), además de Tibú, por la situación del Catatumbo.
 
Este último bien puede considerarse el más emblemático de los estallidos sociales por la gran posibilidad del contagio y la escalada a otras zonas del país. Es que allí, independiente de la presencia oportunista de las Farc y el ELN, los campesinos están protestando porque no hay carreteras, ni escuelas, ni agua, ni seguridad, ni tierras de trabajo. Están peleando por justicia. Un muy buen reportaje de Álvaro Sierra en Semana hace un año pronosticaba que esto podía suceder y daba algunos datos graves: “El último informe de la Comisión Nacional de Reparación calcula que, entre 1997 y 2009, hubo en la región 25 grandes masacres con 203 muertos, 72.000 desplazados (la población de sus seis municipios ronda hoy las 109.000 personas) y 430 víctimas de minas antipersona. Norte de Santander es el departamento con más desapariciones forzosas en Colombia y Catatumbo encabeza, de lejos, la lista”.
 
Atemoriza todo esto porque si hay un lugar donde se pueda prender esa chispa que detone un cataclismo social, ese es Colombia con sus 5.701.996 desplazados desde 1985 hasta 2012, según Codhes-Acnur. Colombia, donde el 55% de la tierra está en manos del 1,1 por ciento de la población; donde la gente de altos ingresos gana 26,3 veces lo que gana un hombre con salario mínimo, y donde el 75% de todo el crédito comercial está prestado a menos de 2.000 empresas o personas naturales, en el informe de Luis Jorge Garay para la Contraloría en la década pasada. Colombia, donde solo cinco grupos económicos controlan el 92% del sector financiero, y cincuenta grupos empresariales dominan el 60% de la industria, en datos del Banco Mundial. Colombia, donde solo uno de cada cinco ancianos recibe pensión, y uno de cada tres asalariados trabaja sin contrato ni seguridad social.
 
Está todo servido, pues, para un enorme reventón de enormes proporciones. Ojalá Kummer se equivoque.