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MONTEVIDEO Uruguay fabricaba sus propias vacunas, pero dejó de hacerlo por no invertir unos pocos pesos
sábado, 16 de enero de 2021
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Con una inversión de apenas US$3 millones el país podría volver a producirlas, como ha producido otras vacunas en el pasado

El Observador - Montevideo

En la primera etapa de la pandemia Uruguay mostró su independencia científica y tecnológica: desarrollamos nuestro propio test para detectar el coronavirus y fuimos capaces de analizar a miles de personas al día sin depender de otros países.

Nuestra autonomía fue celebrada por el gobierno y la academia.

Sin embargo, en esta nueva etapa de la epidemia, cuando las cifras de muertos y enfermos graves suben y las ilusiones colectivas están puestas en las vacunas, estamos padeciendo nuestra dependencia.

Para obtener una vacuna, no tenemos otra alternativa que conseguir que alguien nos la venda, si quiere y si puede. Tomaremos el precio y los plazos que nos fijen. No tenemos nuestra propia vacuna, no vamos a crear una, ni siquiera podremos fabricar una de las que otros desarrollaron.

“¿Qué trata de hacer Uruguay? ¡Colarse entre los grandes!”, dijo el presidente Luis Lacalle Pou en una frase que sintetiza a la perfección nuestra absoluta indefensión en este territorio.

No siempre fue así. Miles de uruguayos que hoy tienen más de 35 años recibieron y crecieron sanos gracias a vacunas fabricadas en Uruguay por manos uruguayas.

Vacunas como la triple bacteriana –que inmuniza contra tétanos, difteria y pertusis– eran producidas en el que hoy es el Departamento de Desarrollo Biotecnológico del Instituto de Higiene de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Allí también se hacían los sueros antiofídico y antitetánico. Por eso esta dependencia antes se llamaba “División Producción”.

Las vacunas uruguayas comenzaron a dejar de fabricarse a fines de la década de los ‘80. Por aquel entonces hubo un cambio de paradigma en la producción de vacunas. Los tradicionales controles de calidad que se hacían una vez fabricados los inyectables, comenzaron a ser sustituidos en todo el mundo por las llamadas “buenas prácticas de manufactura”.

“Antes fabricabas un producto y al final evaluabas la calidad, se veía si era bueno o no. Eso era muy fácil de hacer en los farmacéuticos sintéticos, pero en los productos biológicos era mucho más difícil de asegurar, porque la composición podía cambiar ligeramente de un producto a otro”, explica Alejandro Chabalgoity, inmunólogo, experto en vacunas y director del Departamento de Desarrollo Biotecnológico del Instituto de Higiene.

A partir de ese momento los controles de calidad comenzaron a ser sustituidos por “las buenas prácticas de manufactura”, un proceso de aseguramiento de la calidad a lo largo de todo el proceso de fabricación.

“Eso quiere decir que hoy las vacunas tienen que ser fabricadas con un proceso que sea fácilmente trazable, que se lo pueda seguir en todo momento”, continúa Chabalgoity. “Todos los pasos del proceso de elaboración de la vacuna están definidos y controlados, y al final ya ni hay que controlar la calidad, porque ella ya está asegurada por cómo se hizo cada uno de los pasos previos”.

Las buenas prácticas de manufactura significan que las cosas se fabrican de tal modo que se torna cien por ciento seguro que uno obtendrá exactamente lo que quería obtener.

El asunto es que este modo de producir requiere de instalaciones especiales donde todo está controlado, desde la calidad de todas las materias primas hasta el modo de circular de la gente por el lugar. Todo se rige por protocolos preestablecidos y sometidos previamente a un proceso de validación.

Cuando se pasó de los tradicionales controles de calidad de fines de la década del 80 a este nuevo modo de producir, Uruguay debió decidir si invertía en una planta que le permitiera fabricar vacunas de acuerdo a estos nuevos estándares. Y la decisión fue no.

Otros países de la región siguieron el mismo camino.

“Buena parte de nuestros países no estuvieron dispuestos a hacer esa inversión y fueron abandonando la producción de vacunas. Al mismo tiempo, entraron al mercado las multinacionales, que podían fabricar cantidades más grandes y a precios más bajos”, relata Chagalgoity. “Uruguay decidió que no se justificaba fabricar vacunas acá, porque los números.

La “División Producción” del Instituto de Higiene continuó fabricando los sueros antiofídicos durante unos años más, pero luego también se discontinuó esa elaboración y hoy se importan de Argentina y Brasil (aunque el veneno de los ofidios locales no es exactamente igual al de los países vecinos). La vacuna BCG –más sencilla de lograr– se siguió fabricando en Uruguay hasta 2004 en el Laboratorio Calmette, pero luego también se abandonó su producción y hoy se importa.

Por no invertir y bajar algunos costos resignamos nuestra independencia en un área vital de la salud pública. La pandemia ha dejado en evidencia el costo que tiene pasar a depender cien por ciento de otros, y los riesgos que representa.

“Es una macana”

Para fabricar vacunas se necesitan dos cosas. En primer lugar, científicos que tengan la capacidad de entender y manejar las tecnologías que se usan hoy en el mundo. Eso Uruguay lo tiene. Lo segundo que se necesita, es una instalación adecuada. “Con los científicos que tenemos podríamos incorporar la tecnología de adenovirius o la de RNA si la licenciamos”, sostiene Chabalgoity. “Pero el punto crítico es que tenemos que tener una planta”.

O sea: tenemos la gente y el conocimiento. Pero carecemos de una infraestructura apta para aprovecharlo.

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