Opinión

Machismo y libertad

¿Es la colombiana una sociedad machista?, ¿es ello relevante para el derecho? La respuesta a ambas preguntas es afirmativa. Aunque en las últimas décadas el avance de nuestra sociedad en materia de inclusión y trato más paritario del género femenino es notable, la discriminación sexual hacia la mujer es todavía una tremenda realidad, con raíces profundas en el imaginario colectivo.

El problema no es sólo el machismo frentero que arremete contra la mujer en el lugar de trabajo y en las relaciones familiares sino el llamado sexismo benevolente que -con un tono aparentemente positivo- reafirma el trato discriminatorio, ya no con un enfoque directo de subordinación sino con una narrativa de la mujer como complemento del hombre.

Para un colombiano es casi imposible abstraerse de la agresiva y permanente publicidad de carros, fútbol, alcohol o turismo, que usa descaradamente a la mujer como un objeto sexual y ayuda a maximizar las utilidades del producto que se vende.

Pero hay un machismo más sutil aún en las pequeñas cosas de la vida diaria que aisladas parecen insignificantes, pero que sumadas sirven para apuntalar el último escalón que impide la plena paridad entre unos y otros. En las reuniones sociales, la opinión de la mujer sobre asuntos políticos, económicos o respecto del futuro del país, es menos apreciada y a veces “ninguneada”.

Algunos estudios han enseñado que el hombre, especialmente, el hombre latino, dispone de más tiempo de ocio que la mujer para sus propias cosas (jugar golf, montar en bicicleta o ver un partido de fútbol), como resultado de un consenso tácito de toda la sociedad.

Por ello, hay que anotar que el patriarcado es un sistema sostenido no sólo por los hombres sino por las mismas mujeres que dan continuidad a las reglas y comportamientos machistas, lo que es perfectamente entendible en su necesidad de encontrar un espacio válido al lado de quienes hasta ahora detentan una mayor cuota de poder en el juego de la sociedad.

El lenguaje castellano latinizado está lleno de giros y conceptos que exaltan la masculinidad y que ayudan a reafirmar los estereotipos que la sociedad mantiene de generación en generación y, que clasifican a la mujer como más apropiada para ciertas tareas de relativa menor importancia.

La imagen que se ha montado del hombre como un ser trabajador que se hace cargo de sacar la familia adelante y la de la princesa color rosa que se ubica al lado para completar el cuadro no ha desparecido del todo. La mujer se ganó el derecho a ser profesional, pero aún lucha contra el freno social que procura formar mujeres profesionales con una ambición moderada.

El tema del machismo no es solamente un asunto sociocultural. Hay un trabajo que le corresponde al derecho, en cuanto que la mujer discriminada no sólo se enfrenta a menos oportunidades en su vida personal y profesional, a un trato injustificadamente desigual sino -además- a una restricción de sus libertades personales, que son la base para el libre desarrollo de su personalidad. Así, tras el machismo está escondida la falta de autonomía plena para la libre elección en las principales decisiones de la vida. En ese sentido, el Estado no debe contentarse con asegurar que sus entidades y servidores públicos se abstienen de discriminar sino que debe ir más allá, creando políticas públicas que favorezcan una tendencia hacia el equilibrio efectivo en la convivencia en sociedad.