Opinión

Los juguetes de Malala

En días pasados en la televisión paga presentaron la historia de Malala, la Premio Nobel de Paz más joven. La primera impresión es que los Talibanes han secuestrado el presente y el futuro de cientos o miles de niños forzándolos, en el caso de las niñas, a llevar una vida privada por completo de la posibilidad de estudiar que es, finalmente, contra lo que se rebela Malala, entonces una niña de apenas un poco más de 10 años de edad. 

Su padre, un educador convencido de las necesidades de permitir a las mujeres el gozo de este derecho en igualdad de condiciones que los hombres, algo extraño en varios países, religiones  y culturas, educa a Malala en torno a esa convicción y pronto la niña levanta su vocecilla para arremeter contra los salvajes radicales que basándose en una religión la quieren privar del gozo de un derecho fundamental. Las consecuencias no se hacen esperar y más temprano que tarde Malala es amenazada públicamente, corriendo alto riesgo su vida.

Respecto a esto, la niña y su padre, responden citando con nombres propios a quienes la han amenazado, que no son otros que los mismos bárbaros que han sido capaces de enfrentar a las grandes potencias como Estados Unidos. 

Malala pasa, sin darse cuenta ella como es natural dada su corta edad, de ser una apasionada defensora del derecho a la educación, a ser quien en el seno de la pequeña y amedrentada sociedad del valle en el cual nació y vive, desafía frontalmente al poder talibán. 

Al parecer su padre tampoco se dio cuenta de ese cambio profundo y altamente riesgoso pero inevitable dado el curso de los acontecimientos: la tragedia anunciada ocurre y Malala es víctima de una brutal atentado contra su vida con apenas 15 años. Nadie se ha percatado pero la niña carga sobre sus pequeños hombros un fardo pesado para su edad y no parece haber ningún adulto dispuestos a tomarle el relevo para permitirle vivir otro derecho fundamental como es el de gozar de una infancia plena y segura. 

Malala no debía sobrevivir al atentado dada la naturaleza del mismo y las condiciones del lugar, como decir cualquier rincón de nuestro territorio, insuficiente en la atención que las instituciones de salud deben brindar a sus ciudadanos. Pero ocurre el milagro y sobrevive aunque las secuelas son terribles y, sobre todo, la dejan clavada en la cruz que le han impuesto de ser la cara visible de la lucha por el derecho a la educación en cualquier rincón del planeta. 

De suerte que ahora Malala es una niña que hace el tránsito a su juventud pero desafortunadamente para ella, no rodeada de sus amigas y compañeritos de colegio en el mundo propio de esa edad, sino como un adulto forzado a pasar su tiempo en las más aburridoras reuniones con personas como la Reina de Inglaterra o el Presidente de los Estados Unidos y en ruedas de prensa con inquisitivos periodistas que la interrogan igual que a un político canchero.

Sí, es la Premio Nobel de Paz más joven y es un ejemplo viviente de un coraje que todos envidiamos, pero sentí pesar de la niña que murió aquel día en el atentado y a la que por siempre se le truncó el ejercicio de su derecho a vivir su infancia, por ser la luchadora en pro del derecho a la educación. En todo caso, alguien debía ser sacrificado.