Opinión

Mal de muchos, consuelo de tontos

En esta ocasión quisiera retomar el punto, por cuanto veo, con determinada acentuación, una tendencia a establecer el derrotero de comparación ni siquiera en el nivel “bueno”, sino en un nivel de pésimo desempeño. Es decir, a fin de justificar un desempeño aceptable se permite la comparación de la empresa o entidad con aquellas empresas que ejercen pésimas prácticas y no con aquellas que ejercen una excelente labor en su industria.

A pesar de que el ejercicio no es del todo criticable -ya que a través de él se puede aprender de lo que no se debe hacer-, lo cierto es que el norte de la empresa o entidad no puede estar constituido por su mirada hacia los escalones de abajo. Eso sería tanto como asumir una actitud conformista y mediocre que impedirá el crecimiento de la institución.

Contrario a una mirada conformista, es indispensable hacer el mismo ejercicio pero apuntando a la comparación con aquellas empresas o entidades que ejercen excelentes prácticas. Lo anterior, le permitirá a tales empresas aprender de los casos de éxito, para optar por una de dos acciones: mejorar su buen desempeño o ir más allá de dichas expectativas y trazar nuevas tendencias. Personalmente, me inclinaría por esta última opción, habida cuenta que el mejoramiento de un nivel se logra imitando, al paso que la excelencia se alcanza innovando, rompiendo el status quo.

No obstante lo dicho, lo cierto es que en el sector público el ejercicio de comparación hacia la excelencia se complica un tanto, en razón a que, infortunadamente, el Estado no da muestras, de un buen desempeño. Lo dicho, trae como consecuencia la razón de ser de este artículo: aquellas entidades que, a duras penas, alcanzan un desempeño aceptable estancan su crecimiento mediante la comparación de sus niveles de ejercicio con entidades del Estado de pésima actuación, habida cuenta que en el panorama no se avizoran otras entidades que funjan como referente de mejor desempeño. Se vanaglorian por estar un paso adelante de los últimos y cien atrás de la excelencia.

Ante esta situación, es vital que aquellas empresas que están logrando un nivel aceptable de ejercicio establezcan, con claridad, su visión. Aun cuando suene un argumento cliché, resulta indispensable que la empresa o entidad del Estado se proyecte, fije unas metas no sólo para mantenerse y poder mirar hacia abajo, sino para ascender.

Así como el Derecho es un campo perfecto para la innovación por estar condicionado a prácticas antiquísimas, a más de estáticas, el espacio estatal también es un ámbito ideal para romper el status quo; máxime cuando es un ámbito que se ha caracterizado por la corrupción, ausencia de tecnología e investigación y falta de inversión. 

Con visión, ingenio, claridad, ambición y transparencia es posible dejar de mirar hacia abajo y comenzar a escalar. Aquellas empresas, en especial las estatales, que ejercen prácticas aceptables, deben dejar el nivel de mediocridad y confort y establecer como meta un listón bastante más superior a la mera comparación con empresas de inferior desempeño. Definitivamente, el consuelo de tales empresas no puede ser el mal ejercicio de la mayoría.