Opinión

Convocatoria contra la corrupción

Y “suerte te dé dios, que el saber nada te vale”.

Parece que en Colombia la suerte consiste en cohonestar con los corruptos que gobiernan, legislan, imparten justicia y administran las entidades del Estado. Me refiero a los ‘emperadorcitos’ impúdicos de nuestra siniestra clase política.

Acá, el conocimiento, el estudio, la ética, el respeto y la decencia, pueden traer mala suerte.

No me precio de nada distinto de los esfuerzos que he hecho para tener una buena formación y ejercer mi profesión con responsabilidad.

Pero a veces, como les pasa con frecuencia a muchas personas honestas, estudiosas y trabajadoras, tengo poca suerte y el saber nada me vale. Esas rachas de infortunio dependen del grado de intensidad con que practique su inmoralidad el corrupto de turno, pues como pasa con todo, en el ejercicio de la deshonestidad, los hay mejores y no tan buenos. Pero malhechores.

Con optimismo, cada vez que cae alguno de su trono -su majestad- en el que lo han puesto sus cómplices-, creo que las cosas pueden cambiar. Error.

Caer, es una forma de decirlo. Contra la ley de gravedad, caen para arriba. Vuelan como aviones, y aterrizan en otro puesto, para despegar nuevamente, reiniciar su vuelo rasante -en el delito- y cruzar sobrevolando espacios prohibidos -delictuales-. Se dicen inocentes y perseguidos políticos.

Indignante que el ejercicio de la profesión por la que se siente pasión, a la que se respeta y se procura honrar, y de la que además se vive, pueda resultar tan espinoso.

Qué violencia la de los corruptos con los inermes ciudadanos; qué intimidación a los subordinados que les sirven; qué estado de indefensión, vulnerabilidad, fragilidad y temor en el que ponen a la sociedad algunos mal llamados servidores públicos, atendiendo solamente a sus míseros intereses y a su ávido bolsillo, por el que, ya lo dijo el papa, entra el diablo.

Mediocres, analfabetas diplomados. El “arribismo judicial colectivo exitoso” del que habla Mauricio García Villegas en su artículo “La puerta del Estado” refiriéndose a los magistrados -criminales togados- abunda en los cargos de poder de la administración pública. Es el arribismo administrativo que hace que las entidades estatales, incluso aquellas de carácter eminentemente técnico, sean dirigidas por cualquier clientelista mentecato, aunque con ello se ponga en riesgo la vida de las personas. No importa. Cada entidad es el fortín político de uno de nuestros virtuosos politiqueros clientelistas.

Tocamos fondo, esto es intolerable. Ni la guerrilla, ni los paramilitares, ni el narcotráfico, han causado tanto daño al país, como la corrupción y el clientelismo, que nos cuestan 4 puntos del PIB, unos $50 billones al año, que pagarían el servicio de la deuda de 2017. No podemos seguir callados, abusados, vilipendiados y amedrentados por cualquier badulaque con poder.

Basta ya. No nos dejemos ganar del cohecho, del prevaricato, del tráfico de influencias; del abanico de delitos al que los funcionarios violadores de los principios constitucionales, de la ley y de las reglas morales, pretenden someternos.

Que los corruptos terminen como les corresponde: “revolcados en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados”.