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¡El que más grite!

La sociedad nacional en todos los sectores tristemente ha visto cómo se ha deteriorado el debate desde la misma concepción de una idea, una preferencia o una posición determinada frente a cualquier tema. Nuestros dirigentes, líderes de opinión, amigos, familia, y hasta nosotros mismos, hemos caído en ese círculo grotesco de la opinión, apelando en muchos casos a atropellos incesantes que nada tienen que ver con la discusión en curso.

Tal como en el colegio, ahora la divulgación de las ideas viene adornada con calificativos innecesarios y en muchos casos delicadas calumnias que dependiendo del alcance de la audiencia, toman una fuerza o una dimensión más peligrosa; algo casi fatal, cuando la misma audiencia impulsa el error y se mantiene en este a partir de nuevos atropellos y justificaciones.

Para no hacer más eco al vergonzoso y condenable episodio de la semana pasada en Twitter, eso sí, tomando partido a favor de Daniel; los colombianos entre nosotros mismos, estamos siendo víctimas de la reprochable estigmatización que históricamente habíamos criticado cuando hace 20 años en otros países nos hacían mala fama. Empezar frases aduciendo a calificativos o condiciones; “el enano, el marihuanero, el gordo, la loca, el bobo”, por no poner las más fuertes y usadas, casi que se está convirtiendo en una norma detonante para que el debate de fondo sea lo último y lo menos importante.

Suficiente muerte y odio ha padecido el país históricamente con tantas diferencias ideológicas; cientos de miles de víctimas han perdido a algún ser querido a costas de una guerra que parece haber llegado a su fin, como para que ahora, con el uso del lenguaje y entre los que estábamos ajenos a las armas, detonemos una confrontación social mucho peor, auspiciada por los egos.

Claro que el humor es válido. Es imposible no reírse de una selfie ministerial en clase económica, no criticar a la “austeridad inteligente” derrochando en cortinas, almendras y esmaltes para uñas, no llamar mentiroso a Hollman Morris cuando utiliza la aparente muerte de alguien muy vivo para desarrollar una crítica, no condenar los golpes afectuosos de Vargas Lleras a un escolta y no criticar el premio por el “invaluable aporte cultural” de Maluma a la sociedad antioqueña.

La indignación tampoco puede dejar de ser un referente de rigor frente a casos dolorosos e inhumanos como el del ahí sí, violador y asesino Rafael Uribe Noguera, o un Fiscal anticorrupción condenado por corrupción, o los ladrones que con dineros de la salud hacían fiestas a todo dar en el Hospital de Meissen, entre muchos otros temas desgarradores que pasan día a día en Colombia. Esos casos demostrados y condenables, por supuesto que no pueden callarse y siempre tienen que ser bienvenidos con los calificativos que correspondan.

Algo más desastroso que una opinión no pedida, es una opinión cargada de perjuicios sin justificación. Es una escena grotesca que delata en bajo criterio al más acalorado interlocutor que por su incapacidad de emitir una posición tiene que utilizar otras herramientas como la burla, los descalificativos evasivos y el desesperante tono del acorralado.

Esta responsabilidad amigo lector, no es exclusiva de los líderes de opinión o referentes públicos. Analice los escenarios más simples de su vida cotidiana; un chat laboral o familiar, un almuerzo, una fiesta o cualquier reunión social, y sino encuentra algún elemento disociador o incómodo en esos escenarios, ¡mucho cuidado!, podría ser usted mismo.