Opinión

El ombligo de Colombia está infectado

Mientras en el Ministerio de Cultura se rascan el ombligo de cara a la responsabilidad con los monumentos históricos de nuestro país, miles de colombianos y turistas asisten a ver los grafitis, ropas colgantes y residuos estomacales de animales y uno que otro humano infortunado, que adorna los pliegues sagrados de una escultura de tan sólo 19 metros de altura que evoca a la mitad longitudinal del país en su forma más obvia, una pirámide. 

¿Por qué una pirámide? ¿Es un monumento a la corrupción? ¿Ese no era el ya recordado puente vehicular sin salida de la calle 106 con 9 en Bogotá? El Ombligo de Colombia, ubicado a 4 horas de la capital del país en la vía que une a Villavicencio con Puerto López, es una muestra del poco interés que le damos a nuestros símbolos y nacionalismo en Colombia. Monumentos emblemáticos como los del primer mundo, son inimaginables en una nación donde siempre se piensa en chiquito y que queriendo o sin quererlo, el dinero para la construcción de estos emblemas, también cae en las arcas de los amiguitos de los dineros ajenos.

Comunidades enteras se desplazan a sitios específicos en todos los rincones del mundo a ver quizá uno de los espectáculos naturales más apetecidos por el hombre en determinadas épocas del año, la puesta del sol alrededor de los monumentos emblemáticos del mundo es venerada por millones de personas que viajan expresamente a ver este corto instante. En los llanos, y a pesar de la magnificencia del paisaje, la imponencia del sol y que durante todos los días del año puede observarse este mismo fenómeno, no sólo una sino dos veces, no nos alcanza la creatividad para elevar una construcción digna, imponente y taquillera, que incremente nuestro sentimiento patrio, nuestro nacionalismo y nuestro músculo turístico. 

Entre toldos, un par de tiendas con parlantes afuera, orinales con olor a infierno, niños que ejercen de guías turísticos con sus respectivas camisetas del equipo de fútbol de su preferencia y una única vía concreto-tierra que también sirve de parqueadero, se alza un monumento de escasos 19 metros, que con un cuento bien echado, nos tiene convencidos de que es lo mejor que podemos tener en Colombia para representar nuestro centro longitudinal.

Mientras los astronautas pueden ver claramente la muralla china desde el espacio, en Colombia tratamos de ver con microscopio en mano, algún monumento que nos represente dignamente en la infinita riqueza cultural que tenemos. Acá, desde el majestuoso castillo de San Felipe de Barajas, que ha tenido que soportar grabaciones sexuales en su interior, pasando por los grafitis y bigotes hechos al monumento de Policarpa Salavarrieta en Guaduas, sin olvidar los letreros belicosos en el monumento a Bolívar en la plaza que lleva su nombre en Bogotá y las figuras indignas sobre la historia precolombina en San Agustín, sólo por mencionar algunas; preferimos darle nuestro presupuesto a otro tipo de creatividades políticas, las cuales ya está visto, únicamente dan para salir una o máximo dos veces al año en la revista Times.

Colombia, en vez de estar preguntando en la Haya si históricamente la tierra que tenemos es nuestra, en vez de otorgarle poderes casi supremos a una sola persona que procura posar como un funcionario de carne y hueso, en vez de elegir a prepotentes y resentidos sociales perezosos que no hacen nada por sus ciudades y que les cae de perlas la inhabilidad impuesta, en vez de incrementar su presupuesto para otorgar primas millonarias a quienes les pagamos por NO trabajar; debe tomar una conciencia a favor de su historia y su riqueza, debe llorar y denunciar cada acto de corrupción que desangra nuestra nación, pero lo más importante, debe crear emblemas que desborden el sentimiento, que lucren a los departamentos, pero sobretodo que enaltezcan dignamente la importancia de nuestra cultura.

Ojalá en este 2014 nuestros monumentos no sigan siendo los puentes incompletos, los desfalcos con la salud, los robos con la educación, la contaminación Drummonesca de nuestros mares, la intoxicación en las minas, fábricas y casas con el mortal asbesto y la corrupción en las obras públicas. Colombia merece lo mejor y en este año electoral y mundialístico tenemos la responsabilidad de demostrarlo.