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Analistas 14/07/2021

Chile, en veremos

Santiago José Castro - Libertank
Exrector de la Gran Colombia y miembro del Consejo Académico de Libertank

En 2018 Chile estaba encaminado a convertirse en un país del “primer mundo”, pues los pronósticos sugerían que llegaría a un PIB per capita superior a US$20.000 anuales. Además, desde el regreso a la democracia, que se logra con la salida de Augusto Pinochet del poder, tras perder un plebiscito donde la opción era SI o NO y ganó el NO; las elecciones presidenciales se llevan a cabo sin contratiempos y se respetan sus resultados. De hecho, la “Concertación de partidos por la democracia”, que encabezó la campaña contra el gobierno de Pinochet y logró el triunfo en el plebiscito de 1988, gobernó entre 1990 hasta 2010, cuando Sebastián Piñera, candidato de la Coalición por el cambio, heredera de la Alianza por Chile, contraria a la concertación, ganó por primera vez las elecciones contra el expresidente Eduardo Frei (1994-2000).

Había un acuerdo tácito en Chile, a pesar de las críticas que algunos sectores minoritarios hacían, recordando aquel estado burocrático-autoritario que fue la dictadura entre 1973 y 1990: el modelo económico fue exitoso y el país se encaminaba a superar la pobreza, logrando tasas de crecimiento importantes hasta la crisis de la trágica “década perdida”, que fueron los 80s en América Latina. Ese modelo económico liberal, promovido por los famosos “Chicago Boys”, ministros educados bajo la tutela de Milton Friedman, premio nobel de economía en 1976, demostró ser el camino a seguir, complementado a partir de 1989 con instituciones políticas incluyentes e inclusivas, claves para el desarrollo económico, de acuerdo con las tesis de Acemoglu y Robinson en su ya clásico “Por qué fracasan los países”.

Chile vivió lo que Friedman llamaba un “shock” al describir la liberalización de la economía y en 1975 se redujo el gasto público en cerca de un 25%, se privatizaron cientos de empresas y se redujo la intervención del estado en la economía. Sin duda, esto fue posible por contar con un gobierno dictatorial que no debía lograr acuerdos con fuerzas políticas o someter sus decisiones al posible castigo en las urnas, algo que erradamente algunos consideraron como el ejemplo a seguir. Sin embargo, los gobiernos de la concertación validaron las bondades del modelo y lo mantuvieron y profundizaron, logrando el mayor crecimiento económico en la historia del país, pasando de un PIB per cápita de US$2.500 en 1990 a uno de US$12.800 en 2010. Hubo ajustes y creación de programas sociales que no se hubieran dado bajo la dictadura, pero el estado interventor se mantuvo como cosa del pasado.

La democracia y la economía de libre mercado demostraron ser la receta al éxito, pero, como en todo, en el éxito está el germen de la enfermedad. En su segundo gobierno (2014-2018) Michelle Bachelet anunció y puso en marcha un conjunto de reformas donde el estado recuperaba un papel central y el libre mercado era duramente cuestionado. El regreso de Piñera en 2018 se dio en un escenario ya marcado por las reformas “sociales” y el estallido no se hizo esperar. La excusa fue el aumento en el costo del boleto de metro y fue Troya. Chile ahora vive una constituyente y su modelo político y económico está en veremos. Las nuevas generaciones exigen otro rumbo, pero olvidan que pueden hacerlo porque su país creció como nunca antes en la historia.