Analistas

Hora de actuar

Uno de los mayores retos que tienen las autoridades económicas consiste en anticiparse y mitigar los riesgos que se puedan derivar de las dinámicas mundiales y locales, con el fin de reducir los impactos negativos sobre la sostenibilidad de las variables que determinan el rumbo de la prosperidad y el bienestar social. 

A pesar de que hoy gozamos de un marco de política sólido, es importante hacer un llamado sobre los riesgos ante los cuales se enfrenta el país, no estamos exentos de ellos. Un reciente campanazo de alerta en esa dirección provino de la rebaja realizada por Standard and Poor’s respecto a la calificación de la perspectiva sobre la deuda colombiana de largo plazo.

Por ello, precisamente cobra singular importancia evaluar aquellas consideraciones que hacen parte del balance de riesgos a los que se enfrenta el país y, por tanto, incorporar oportunamente las acciones de política que puedan mitigarlas. Según los más recientes resultados del Indicador de Riesgo Macroeconómico calculado por Asobancaria, la economía deberá enfrentarse durante 2016 a un escenario de riesgo macroeconómico medio-alto, el cual incluso podría llegar a umbrales altos. 

Estos resultados encuentran asidero en fuentes de riesgo externas como la desaceleración de la economía china, las perspectivas sobre el precio del petróleo y los signos débiles de la recuperación en varias economías desarrolladas, junto con factores internos en materia productiva, fiscal e inflacionaria. Todo este panorama en medio de un abultado déficit en cuenta corriente superior al 5% del PIB. 

En el frente externo, la economía china es uno de los grandes jugadores que afecta la demanda por materias primas y, en consecuencia, su menor dinamismo seguirá menguando las exportaciones de varias economías emergentes, como parecen indicarlo las previsiones al respecto. Además de los efectos de la menor demanda china, la sobreproducción de crudo a nivel mundial seguirá siendo una realidad a lo largo de 2016. A pesar del reciente acuerdo logrado entre Arabia Saudita, Rusia, Qatar y Venezuela para congelar la producción, la historia nos ha enseñado sobre la fragilidad de estos pactos. A menos que otros grandes jugadores se adhieran, el precio del crudo difícilmente tendrá un rebote más allá de los US$45 por barril y, en consecuencia, continuará presionado las cuentas fiscales de varios países productores. 

Por otro lado, las economías desarrolladas no muestran signos de una recuperación sólida. La economía de EE.UU. avanza a ritmos moderados, mientras en la Zona Euro se empiezan a generar nuevos temores sobre la solidez de su sistema financiero. Esto configura un escenario de mayor incertidumbre respecto al rumbo de la política monetaria en EE.UU. y sus efectos sobre la estabilidad en los mercados financieros a nivel internacional. 

En el ámbito local existen elementos que bien vale la pena ser tenidos en cuenta dentro del balance de riesgos. Entre ellos, la facilidad con que los sectores transables no minero-energéticos despeguen rápidamente, la incertidumbre en materia tributaria y la velocidad con que se puedan generar nuevas fuentes de ingreso que requiere el país, junto con los no despreciables efectos del fenómeno de “El Niño” sobre la inflación, las tasas de interés y la demanda agregada.

Si bien se han tomado medidas en la dirección correcta para hacerle contrapeso en cierto grado a los riesgos que se avecinan como lo son las obras de infraestructura 4G y las políticas contenidas en el Pipe 2.0, es importante hacer un llamado vehemente para actuar de manera oportuna en otros frentes, quizás el más decisivo, el fiscal. Es necesario que el país cuente con una reforma tributaria estructural que no trunque la capacidad de las firmas para consolidar la inversión y reduzca las probabilidades de un mayor deterioro de la deuda pública. Esta reforma no da espera más allá del segundo semestre de este año y debe ser también portadora de un claro mensaje de credibilidad ante los mercados.