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Educación financiera y desarrollo

Colombia, no cabe duda, es un país de emprendedores, en el que por cada 10.000 habitantes se contabiliza una empresa grande, cuatro medianas, 17 pequeñas y 264 microempresas. Esta propensión emprendedora, de acuerdo con el Global Entrepreneurship Monitor, nos posiciona como uno de los tres países de América Latina con mayor proporción de la población involucrada en proyectos de emprendimiento, detrás de Chile y Ecuador. 

 Sin embargo, aunque en el país se crean muchas empresas cada año, la tasa de supervivencia de los nuevos emprendimientos es baja, tan solo 29,7%, según Confecámaras. Es decir, poco más de 70% de las empresas creadas fracasa antes de los primeros cinco años de vida, mientras en el grupo de países de la Ocde se registran tasas entre 48% y 60%. Este aspecto pone de manifiesto la alta vulnerabilidad de las empresas nacientes para mantenerse en el mercado, ya que pocas de ellas consiguen consolidar su posición y crecer hasta convertirse en empresas sólidas.

 En este escenario, las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipyme) presentan ciclos de vida ostensiblemente más cortos con respecto a las grandes debido, en buena parte, al menor acceso a la financiación formal. Esencialmente, las diferencias se explican por la brecha en el tamaño medio de los activos de las empresas al nacer, que en el caso de las sociedades en Colombia es de $21 millones y en personas naturales de $3 millones, en promedio. Un menor valor de activos implica menos garantías y, por ende, mayores restricciones para el acceso a financiamiento de inversiones en capital de trabajo y/o innovación, un hecho que las hace más vulnerables ante las condiciones cambiantes del entorno donde desarrollan su actividad.

 Adicionalmente, diversos estudios también coinciden en que las Mipyme registran menores niveles de conocimiento en economía y finanzas, lo que les impide obtener provecho de las distintas opciones de financiamiento que les ofrece el mercado. Los problemas de acceso a la financiación se asocian, en términos generales, a la insuficiencia de información sobre cuál es la mejor manera de financiarse y a la insuficiencia de cumplimiento de los requisitos técnicos para determinadas líneas de apalancamiento.

 Una de las principales herramientas para solventar estos limitantes está en la educación financiera, la cual facilita la definición, estructuración y gestión de las necesidades de apalancamiento de las Mipyme. En el caso colombiano, la falta de educación financiera ha generado que los pequeños y medianos empresarios apalanquen sus negocios con recursos propios y/o crédito con proveedores, ya que sienten que sus necesidades no son atendidas por el sistema tradicional, una situación que va en detrimento de la eficiencia en el manejo de capital, elemento fundamental en el desarrollo empresarial.

Sacar el mayor provecho del talante emprendedor de los colombianos en cuanto a empleo y crecimiento productivo, pasa necesariamente por robustecer los conocimientos de las Mipyme en materia económica y financiera. Avanzar en este frente permitirá dar un paso significativo para que el tejido empresarial arraigado en las Mipyme permita estructurar sus proyectos de manera exitosa con base en el aprovechamiento de las distintas opciones de financiamiento formal.  Esto, por supuesto, contribuirá a dinamizar la actividad productiva y a superar los vaivenes de la liquidez propios de los ciclos económicos.