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Un contexto externo confuso

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El contexto económico internacional ha adquirido creciente relevancia para las políticas públicas de todos los gobiernos, en particular para los de las naciones de ingreso medio de América Latina.  Los cambios que están ocurriendo en el mundo exterior emiten señales que no siempre tienen un sentido inequívoco.   Las consecuencias para las economías nacionales pueden tener un signo positivo o negativo, dependiendo de las circunstancias particulares de cada país.  Tal es el caso de la distribución beneficios y costos de la caída en los precios del crudo entre países consumidores y productores de petróleo.

Es un alivio que por medio de negociaciones diplomáticas multilaterales se haya logrado que Irán desistiera del programa nuclear con fines militares.   Eso permite disipar el peligro de que en el Medio Oriente se desatara una carrera armamentista de tipo no convencional, cuyas consecuencias para la paz mundial serían imprevisibles.  El levantamiento de las sanciones comerciales y financieras impuestas por Estados Unidos y otras potencias le permite a Irán reiniciar las exportaciones de petróleo a gran escala.  La perspectiva de que esto incremente la oferta mundial en 500.000 barriles diarios ha conducido a un debilitamiento adicional del precio internacional del petróleo.

El reciente acuerdo sobre control del cambio climático alcanzado en París es un triunfo de la comunidad internacional, con implicaciones positivas de mediano y largo plazo.  Mientras tanto, el calentamiento global y el Fenómeno de El Niño están causando estragos económicos por su impacto sobre la hidrología y la producción de alimentos.  

Es de esperar que, en efecto,  pueda visualizarse la etapa final de la Gran Recesión.  La reactivación económica en Estados Unidos estimula las importaciones y favorece a sus socios comerciales.  La consiguiente normalización de la política monetaria norteamericana reduce los flujos de capital hacia los países emergentes y encarece el acceso al crédito externo para los gobiernos y las empresas.

La mayor interdependencia de las economías que se describe como globalización ofrece nuevas oportunidades pero conlleva nuevos desafíos.  Los avances en las comunicaciones conllevan a que se transmitan a los mercados internacionales las crisis políticas en cualquier región del mundo.  Aún si se logra evitar otra crisis financieras o algún choque descomunal, el 2016 se perfila como un año difícil para las economías de América Latina.  Puede esperarse volatilidad en el frente cambiario y turbulencia en los mercados, con efectos negativos sobre los flujos comerciales y financieros.  

El fortalecimiento de los fundamentos macroeconómicos adquiere importancia primordial en condiciones de adversidad externa.  Los déficits fiscales y de cuenta corriente son vulnerabilidades que se magnifican en tiempos de incertidumbre.  El manejo cuidadoso del endeudamiento externo debe recibir atención preferencial.  Propuestas de utilizar las reservas internacionales para aumentar el gasto público deben rechazarse sin vacilación.

En circunstancias de elevada aversión al riesgo, la política económica debe generar confianza y tener credibilidad, como objetivo prioritario.  Debe ser percibida por propios y extraños como coherente y predecible.  Navegar en mares poco tranquilos, contra vientos de tormenta, va a requerir pericia, prudencia y serenidad. 

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