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El laberinto de los controles

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Poco tiempo después de la revolución bolchevique, el sociólogo alemán, Max Weber, le advertía a su antiguo alumno, el filósofo marxista húngaro, Georg Lukacs, que los rusos iban a arruinar la reputación del marxismo por cien años.  La planificación central, como forma de organizar la actividad productiva y la distribución de bienes que impuso el régimen soviético para reemplazar la economía de mercado, no alcanzó a cumplir el plazo profetizado por Weber.  El sistema de planificación central de la economía demostró ser inviable.  Perdió vigencia en Rusia y en las naciones de Europa Oriental, como resultado del colapso del comunismo y la disolución de la Unión Soviética.  

A pesar de la experiencia europea, la idea de que una entidad estatal con suficiente autoridad pueda coordinar con eficacia y precisión las múltiples transacciones económicas de una sociedad todavía tiene adeptos en América Latina.  Un alto funcionario argentino atribuyó el fracaso de la planificación central en la Unión Soviética al hecho que el gobierno no disponía de programas de computador adecuados.

Poner en ejecución un proyecto de esta naturaleza implica concentrar en el estado un enorme poder sobre la vida de las personas.  La proliferación de prohibiciones, trámites, autorizaciones y controles que hacen parte integral de su funcionamiento, requiere una capacidad coercitiva  incompatible con los principios de la democracia liberal.

En Venezuela, al régimen de control de cambios se le ha agregado el control del comercio exterior y el control de precios.  El gobierno ha anunciado que ‘para resolver los problemas derivados de los controles de cambio, precios y demás, vamos a aplicar controles más estrictos’. Con el pretexto de combatir el acaparamiento, se ha decidido colocar en las  cajas registradoras de los supermercados máquinas para tomar las huellas digitales de los clientes. 

El gobierno argentino ha presentado a consideración parlamentaria un proyecto de ley sobre abastecimiento que le otorgaría facultades al secretario de Comercio para  analizar costos, establecer  márgenes, fijar  precios, imponer multas, intervenir empresas y disponer clausuras.  El proyecto se inspiró en la ley de Precios Justos de Venezuela ‘para frenar el capitalismo ladrón, tracalero e inmoral.’ 

Francisco Olivera,  columnista de La Nación de Buenos Aires,  relata lo sucedido durante una intervención de Hugo Chávez el 10 de diciembre de 2007, en un seminario organizado por la Cámara de Comercio Argentino-Venezolana.  Chávez fue ovacionado por el auditorio varias veces: cuando describió a Fidel Castro como ‘su maestro’; al rechazar la autonomía de los bancos centrales;  y al referirse a la contra-cumbre de 2005 contra George W. Bush: ‘Uno de los mejores días de mi vida fue esa reunión en Mar del Plata, cuando enterramos el Alca.’

Este planteamiento sintetiza una ideología política cuya adopción  no parece obstaculizar la  participación en Mercosur: el régimen cubano como modelo; discrecionalidad al líder para envilecer la moneda; y aversión visceral a la libertad de comercio. La puesta en práctica de esta ideología garantiza perpetuar el atraso y abre el camino para vulnerar las libertades individuales. 

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