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El fin del poder blando

El profesor de Harvard, Joseph Nye, propuso el término poder blando para designar la forma como una nación hace sentir su influencia en el resto del mundo por medios distintos a la coerción, el dinero y a la supremacía militar, el denominado poder duro.  En el caso de una gran potencia, como Estados Unidos,  el poder blando se ejerce a través de actividades culturales, universidades, medios de comunicación, organizaciones filantrópicas y demás entidades similares que contribuyen a fortalecer la sociedad civil y a proyectar hacia el exterior una imagen favorable del país, independientemente del gobierno de turno o de su política exterior.  

El poder blando, así concebido, no se considera como un sustituto del poder duro.  Más bien, es un complemento del mismo. Así como el solo poder blando no basta para garantizar la seguridad nacional, el uso exclusivo del poder duro no ayuda a atraer aliados o a generar buena voluntad. En la interacción con rivales a nivel mundial, ambas formas de poder son necesarias.

Naciones que no participan en rivalidades a escala global, también se valen del poder blando para afirmar sus valores y presentar una imagen positiva ante la comunidad internacional.  El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, asistió en Nueva York a la presentación del musical Come From Away, que celebra la bienvenida otorgada a los refugiados en esa nación, y la política liberal de apertura a la inmigración. Esta obra canadiense ha sido noticia, porque pone de relieve el contraste con el rechazo a los refugiados, el sesgo anti-islámico y las deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados que está poniendo en práctica la administración Trump.

Durante los dos primeros meses de labores, el nuevo gobierno ha hecho explícita la decisión de privilegiar el poder duro en sus relaciones con el mundo exterior, al tiempo que se menosprecia, e inclusive se trata de debilitar el poder blando.  El proyecto de presupuesto que se pondrá a consideración del Congreso para el año 2018 contempla incrementos considerables en las asignaciones para gasto militar y para seguridad interna, con el fin de aumentar el personal dedicado a detener y deportar inmigrantes, y para iniciar la construcción del muro en la frontera con México.

Para compensar estos incrementos, se proponen recortes significativos a la entidad encargada de la protección del medio ambiente, a programas de investigación científica, y a la participación del gobierno en iniciativas culturales. Se desestimula la inmigración de estudiantes y técnicos extranjeros. Se le asignan  recortes desproporcionados al Departamento de Estado y a la cooperación internacional.  Esto implicaría reducir las contribuciones de Estados Unidos a las Naciones Unidas y a la Organización de Estados Americanos.  

Está por verse si este endurecimiento de la forma de relacionarse con el resto del mundo tendrá el efecto de atemorizar a los adversarios actuales o potenciales. Sea eso como fuere, la prioridad asignada al poder duro en la política exterior ha contribuido a irritar y a desconcertar a los gobiernos amigos de Estados Unidos.