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Don Julio Caro y los aguacates

Don Julio Caro fue un personaje legendario de la etapa inicial del Banco de la República, cuya gerencia ejerció desde 1927 hasta 1947, año en el cual falleció. Le correspondió enfrentar los problemas económicos originados en la Gran Depresión de los años treinta y en la Segunda Guerra Mundial.  Además de haber permanecido en el cargo durante 20 años, se le recuerda por haber adquirido la biblioteca privada de Laureano García Ortiz, la mayor del país, y por haber iniciado el Museo del Oro.  Es fácil visualizarlo con la formalidad y los modales de un exponente paradigmático del establecimiento bogotano de su época.

La sede del Banco era el Edificio Pedro A. López, en la Avenida Jiménez de Quesada.  En la tercera década del siglo pasado, Bogotá era una ciudad pequeña, de carácter provinciano.  La jornada laboral daba tiempo para que los empleados fueran a almorzar a la casa.  Esa costumbre le permitió a una microempresaria del sector informal ubicarse a la salida del Banco, para venderles a sus funcionarios aguacates para el ajiaco del almuerzo.  Ése era su negocio.  

Un día, uno de sus clientes le consultó que si le permitía llevarse el aguacate, y pagárselo más tarde. Recibió con estupor la respuesta que lo lamentaba, pero que el acuerdo que tenía con Don Julio Caro le impedía complacerlo.  Habida cuenta de la distancia social y de todo orden que existía entre las dos partes, su cliente le preguntó: ‘ Mi señora, ¿se puede saber en qué consiste ese acuerdo?’  ‘En que Don Julio se compromete a no vender  aguacates y yo me comprometo a no dar crédito.’  Era una forma ingeniosa de hacer explícito su entendimiento de que el comercio de bienes perecederos y la actividad bancaria eran negocios diferentes y su  conocimiento intuitivo del concepto de la división de tareas.

Acudí al recurso de invocar la división de tareas cuando recibí en el Ministerio de Hacienda a un funcionario mexicano, Javier Alejo, enviado por el presidente Luis Echavarría.  Su misión era proponerme que Colombia participara en la creación de una flota mercante multinacional, con los gobiernos de México y de Cuba. Le mencioné la existencia de un tratado de límites con el canciller Indalecio  Liévano, según el cual él se abstenía de hacer política económica y yo me abstenía de intervenir en política exterior.  Hice referencia a la frase del estadista mexicano Benito Juárez, que el respeto al derecho ajeno es la paz. Me respondió que en el gobierno que representaba, todos los funcionarios hacían política internacional.  Años más tarde, cuando le relaté la anécdota a un exministro mexicano me comentó: ‘Y así nos fue.’

La especialización y la división de tareas son conceptos útiles para los negocios y para el manejo de las relaciones exteriores.  Esta observación adquiere relevancia a raíz de incursiones recientes en temas diplomáticos  por parte de funcionarios con responsabilidades distintas a las relaciones internacionales.  Esas improvisaciones poco contribuyen a la coherencia gubernamental.