Analistas

Benedicto y las monjas rebeldes

En las organizaciones religiosas, aquello que se presenta como controversia doctrinal suele encubrir, en realidad, una lucha por el poder eclesiástico.  Una manera expedita de debilitar a un grupo rival es acudir al conocido recurso de acusarlo de heterodoxia o de herejía.  Ese procedimiento, que desencadenó sangrientas guerras religiosas en Europa durante los siglos XVI y XVII, explica buena parte de la violencia que ha sacudido al mundo islámico en la actualidad. 

En Occidente ha perdido vigencia el fanatismo doctrinario, al tiempo que se ha afianzado el concepto de la tolerancia religiosa.  Pero los viejos atavismos persecutorios, que tanto sufrimiento causaron, no han desaparecido del todo, si bien se manifiestan tras una fachada menos brutal. Estas reflexiones adquieren vigencia con la agresión que le ha hecho la Congregación para la Doctrina de la Fe,  la antigua Inquisición, a la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas. 

Se acusa a esta asociación, a la cual pertenecen el 80% de las 57.000 monjas en Estados Unidos, de graves faltas de heterodoxia, de defender un feminismo radical y de ocuparse excesivamente de los pobres.  Benedicto XVI, quien dirigía la entidad inquisitorial cuando era cardenal, ha encargado al arzobispo de Seattle de sancionar a las monjas disidentes.

Entre los motivos de esta iniciativa del Vaticano puede mencionarse el apoyo expresado por las religiosas a la reforma del sistema de salud del presidente Obama, a la cual se oponían los obispos.  Así mismo, al tiempo que algunos obispos norteamericanos se encuentran a la defensiva por su pasividad cómplice con casos de pedofilia sacerdotal en sus diócesis, las religiosas se han  puesto del lado de las víctimas y, a veces, han denunciado a clérigos culpables de delitos contra la niñez.

El anuncio del procedimiento disciplinario papal contra una comunidad que se distingue por su entrega y su solidaridad ha producido desconcierto entre agnósticos, sectores no creyentes, y aun entre ovejas descarriadas a causa del síndrome de Roma veduta fede perduta.  Para unos y otros, la labor abnegada de las monjas a favor de los enfermos, los ancianos y los indigentes, encarna la versión de la Iglesia como el pueblo de Dios que promovió Juan XXIII. 

Entre los feligreses, la movilización indignada de respaldo a las religiosas y de oferta de donaciones ha adquirido la forma de una insurrección abierta contra la autoridad papal.  Lo que subyace el fervoroso sentimiento de identificación con las monjas es el rechazo por parte de los fieles al intento de la Curia Vaticana de suprimir las reformas del Concilio Vaticano II.

La jerarquía eclesiástica debería reflexionar antes de extremar el rigor contra unas religiosas, aparentemente indefensas, pero que disponen de una enorme legitimidad y de un amplio apoyo entre la sociedad.  En 1521, León X, un antecesor de Benedicto, excomulgó a un monje agustiniano alemán que había protestado contra el escándalo de la venta de indulgencias y la corrupción de la corte papal. Ese episodio no tuvo un desenlace feliz para el catolicismo.