Analistas

Una moneda en común significa un destino en común

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En Estados Unidos, es triste cuando tus amigos se mudan; en Europa, pudiera ser una tragedia.

En la década de 1960 emergió un nuevo concepto en macroeconomía internacional: la teoría del área de moneda óptima. La pregunta que buscaba contestar era en qué momento los países debían adoptar una moneda en común.
 
Todo mundo notó que al adoptar una moneda en común, los países cederían gran parte de la independencia de sus políticas; la pregunta era qué tan costoso sería, y qué tan grandes serían los beneficios.
 
Una variante, promovida por el economista Ronald McKinnon, enfatizó la cantidad de comercio. Entre más comercien dos países, mayores serán las ventajas de no tener que cambiar monedas y también, discutiblemente, menos ajuste se necesitará para corregir los desequilibrios comerciales.
 
Otra variante de Robert Mundell (que de hecho fue el primer documento de investigación sobre el tema), enfatizó la movilidad laboral: no se necesita mucha independencia de política si los trabajadores desempleados pueden moverse a donde está el trabajo.
 
Una tercera, subrayada por mi finado colega Peter Kenen, de Princeton, enfatizó la integración  fiscal: si los países o regiones comparten presupuestos comunes para programas importantes, habrá mucha compensación automática por los “impactos asimétricos”.
 
Como he sostenido antes, resulta que el Sr. Kenen, y no el Sr. Mundell, ofrece la mejor guía para los problemas actuales de Europa. Y aunque no lo había pensado antes, hasta se puede defender el caso de que la movilidad laboral dentro de Europa de hecho está empeorando el problema, haciendo que el euro sea menos sostenible.
 
Frances Coppola, una comentarista de economía, recientemente documentó en su blog las extraordinarias tasas de emigración entre los jóvenes en las economías en desastre de Europa – cosa que realmente no sorprende cuando consideramos los increíbles niveles de desempleo entre ellos (el blog puede leerse en coppolacomment.blogspot.com). Pero tal como lo dice Coppola, una vez que esos jóvenes se van, ¿quién pagará impuestos para mantener a los jubilados?
 
El punto es que la interacción entre Estados benefactores grandes, movilidad laboral relativamente alta y falta de integración fiscal en un área monetaria podría resultar verdaderamente mortal. 
 
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