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¡Oh! Qué encantadora guerra comercial

¿Recuerdan cuando Donald Trump declaró que “nadie sabía que la atención de la salud pudiera ser tan complicada? Fue un extraño momento de conciencia de sí para el tuitero en jefe: es posible que, brevemente, se haya dado cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

De hecho, no obstante, la atención de la salud no es así de complicada. Y los planes de “reforma” republicana son brutalmente simples, con énfasis en “brutalmente”.

Puede ser que Trump sea la única persona en Washington que no comprende su esencia: quitarle el seguro médico a decenas de millones para que ustedes puedan darles a los ricos una reducción fiscal.

Algunos temas políticos, por otra parte, son realmente complicados. Uno de ellos es el comercio internacional. Y el mayor peligro aquí no es simplemente que Trump no entienda los problemas. Peor, no sabe lo que no sabe.

Según el sitio de noticias Axios, Trump, apoyado por su círculo interno de quienes lo siguen por el lema Estados Unidos primero, está “necio” en imponer aranceles punitivos a las importaciones de acero y, posiblemente, otros productos, a pesar de la oposición de la mayor parte de su gabinete. Después de todo, las aseveraciones de que otros países se están aprovechando de Estados Unidos fueron un tema central de su campaña.

Y Axios reporta que la Casa Blanca cree que a la base de Trump, “le gusta la idea “de un guerra comercial”, y “le encantaría pelear”.

Síp, esa es una forma grandiosa de hacer política.

Está bien, ¿qué es lo complicado de la política comercial?

Primero, mucho del comercio moderno está en los bienes intermedios – cosas que se usan para hacer otras cosas. un arancel en el acero ayuda a los productores de acero, pero daña al consumidor corriente abajo, como la industria automotriz. Así es que ni siquiera está claro el impacto directo del proteccionismo sobre el empleo.

Y también están los efectos indirectos, lo que significa que cualquier ganancia en empleos en una industria que se protege con aranceles debe compararse con la pérdida de empleos en otras partes. Afectan al tipo de trabajos que tenemos, pero no tanto a la cantidad total.

Supongamos que Trump impusiera aranceles a una amplia gama de bienes – por decir, el de 10 por ciento en forma general que se planteó antes de que asumiera el cargo. Esto beneficiaría directamente a las industrias que compiten con las importaciones, pero eso no es el final de la historia.

Aun si ignoramos el daño a las industrias que utilizan insumos importados, cualquier creación directa de empleos con los nuevos aranceles quedará contrarrestada con la destrucción indirecta de empleos. La Reserva Federal, temiendo una presión inflacionaria, elevaría las tasas de interés. Esto le metería presión a sectores como el de la vivienda, y también fortalecería al dólar, lo que dañaría a las exportaciones.

Son exageradas las aseveraciones de que el proteccionismo causaría, inevitablemente, una recesión, pero no cabe duda de que los efectos indirectos eliminarían cualquier creación neta de empleos.

Y también está la respuesta de otros países. El comercio internacional se rige por normas – mismas que Estados Unidos ayudó a establecer. Si empezamos a quebrantar esas reglas, otros lo harán también, tanto en represalia como por simple emulación. A eso se refiere la gente cuando hablar de una guerra comercial.

Y es tonto imaginar que Estados Unidos “ganaría” tal guerra. En primer lugar, estamos lejos de ser una superpotencia dominante en el comercio mundial – la Unión Europea es un jugador igual de grande y capaz de una represalia efectiva (como lo averiguó el gobierno de Bush cuando impuso aranceles al acero allá en el 2002). De cualquier forma, el comercio no se trata de ganar y perder: en general, hace que ambas partes en la transacción se hagan más ricas, y, por lo general, una guerra comercial daña a todos los países involucrados.

No estoy argumentando en forma purista a favor del libre comercio. El crecimiento rápido en la globalización ha dañado a algunos trabajadores estadounidenses y un aumento en las importaciones después del 2000 afectó a industrias y comunidades. Sin embargo, una guerra comercial trumpista solo exacerbaría el daño por un par de razones.

Una es que la globalización ya sucedió y las industrias estadounidenses ahora están incrustadas en una red de transacciones internacionales. Así es que un guerra comercial afectaría a las comunidades en la misma forma que lo hizo el comercio en aumento en el pasado. Hay un viejo chiste sobre un automovilista que atropella a un peatón; luego trata de arreglar el daño echándose en reversa, pasando por encima de la víctima una segunda vez. La política comercial trumpista sería como eso.

Asimismo, los aranceles que se están proponiendo ahora estimularían a las industrias de utilización intensiva de capital que emplean a relativamente pocos trabajadores por dólar de ventas; estos aranceles, más bien al contrario, inclinarían todavía más la distribución del ingreso en contra de la mano de obra.

¿Será que Trump realmente hará esto? Podría ser. Después de todo, se hizo pasar por populista durante la campaña, pero toda su plataforma económica hasta ahora ha sido la estándar republicana que recompensa a las corporaciones y los ricos, mientras daña a los trabajadores.

Así es que a las bases les podría gustar ver, en efecto, algo que suene más al tipo por el que creyeron que estaban votando.

Sin embargo, las promesas de Trump sobre el comercio, si bien son poco ortodoxas, fueron igual de fraudulentas que sus promesas sobre la atención de la salud. En este respecto, como, bueno, en todo, no tiene ni idea de lo que está hablando. Y su política basada en la ignorancia no terminará bien.