Analistas

Los conservadores trabajan para reafirmar la plutocracia

La gran historia sobre la política económica de la semana: el intento de aprobar a como dé lugar el proyecto de ley republicano, que logra aumentar los impuestos a los estadounidenses de ingresos medios y bajos mientras hace estallar la deuda, todo al servicio de enormes recortes fiscales para las corporaciones y los ricos. Hasta el grado de que no hay ninguna justificación intelectual para este acto de avaricia, yace en la insistencia conservadora de que recortar impuestos a los más ricos producirá mágicamente un enorme crecimiento económico.

Es decir, después de todos estos años sigue siendo economía vudú, y nada, ni el auge después de que el presidente Clinton elevó los impuestos, ni el fracaso de la economía de Bush, cambiará el compromiso del partido con una doctrina económica falsa al servicio de los intereses de sus donadores.

Pero justo detrás de la historia fiscal está el esfuerzo para acabar con la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor; y también esto necesita entenderse en el contexto de un compromiso más amplio del Partido Republicano con una narrativa manifiestamente falsa, pero útil.

Piénsenlo: ¿qué se necesitaría para persuadir a la derecha de que la desregulación financiera es una mala idea y que algunos tipos de regulación son muy buenos para la economía?

La regulación financiera moderna se produjo como resultado de la Gran Depresión, y una era de regulación efectiva también era una época de estabilidad financiera sin precedentes. ¿Esta estabilidad llegó a expensas del crecimiento económico? Difícilmente: la era de la regulación efectiva también era la época del gran auge de la posguerra en Estados Unidos, los “30 gloriosos años” en Europa.

No obstante, para la década de 1970, una combinación de ideología de libre mercado y los grandes capitales (en la que los últimos ayudaban a alimentar a la primera) produjo una creencia generalizada entre los legisladores de que aquellas antiguas regulaciones eran inútiles y nocivas. Las regulaciones dejaron de aplicarse y, quizá incluso lo más importante, una negligencia maligna permitió que la “banca en las sombras” desregulada se expandiera rápidamente (el departamento del Tesoro del presidente Trump quiere que los reguladores mundiales dejen de usar el término, que según este órgano da la impresión de que hay algo malo con dichas instituciones. Resulta curioso cómo ocasionar la peor crisis desde la década de los treinta puede hacer que tengas una mala reputación).

De cualquier modo, a estas alturas, los resultados del gran ascenso de la ideología desregulatoria son todos demasiados claros: las crisis bancarias regresaron con una venganza, que culminó (hasta ahora) en la crisis de 2008. Y no podemos decir que 2008 salió de la nada: ya habíamos tenido la crisis de ahorro y préstamos y las crisis de la gestión del capital a largo plazo/asiática de los noventa, ambas claras señales de los riesgos en aumento. Agregamos el año 2008 y tenemos un impresionante récord de desastres.

¿Por qué la desregulación financiera ha sido, literalmente, un fracaso de esa magnitud? Existen múltiples razones entrelazadas, mismas que para este momento ya se han estudiado exhaustivamente. La banca es inherentemente vulnerable al pánico que se hace realidad; si uno se protege contra el pánico con garantías explícitas o implícitas, genera un riesgo moral, que se debe contener a través de la regulación. Más allá de eso, las finanzas son un área en la que los riesgos de fraude, de embaucadores que explotan los límites de la comprensión y la racionalidad del consumidor, son en especial elevados. Muy pocas personas están en condiciones que les permitan evaluar las letras chiquitas de los contratos financieros, y los acuerdos más fraudulentos y riesgosos se venden a los menos capaces de hacer esa evaluación.

De ahí resulta la Ley Dodd-Frank, que constituye un intento limitado, aunque serio, de controlar algunos de los nuevos riesgos que habían surgido de la desregulación y la banca en las sombras, y que creó a la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor a fin de ayudar a proteger a los consumidores de las estafas financieras perpetradas, en muchos casos, por las grandes instituciones financieras. Y estas medidas han sido exitosas: los riesgos de apalancamiento y financieros disminuyeron y la oficina ha sorprendido incluso a aquellos de nosotros que la apoyábamos solo por lo efectiva que ha sido, por la influencia tan positiva que ha tenido, así como por la honestidad y la transparencia de las transacciones financieras.

De tal modo que, naturalmente, el Partido Republicano quiere hacerla trizas. Para la derecha, todos los desastres que trajo consigo la desregulación en realidad fueron ocasionados por los liberales, quienes de algún modo obligaron a los bancos a hacer préstamos de alto riesgo a “esas personas”, o quizá fue la Reserva Federal, que de alguna forma forzó a que se otorgaran una gran cantidad de malos préstamos al no elevar las tasas de interés ante una inflación baja.

Los republicanos insisten en que las regulaciones prudentes que presentaron tras la terrible crisis de 2008 son un lastre para la economía, a pesar de la ausencia de evidencias de que así sea.

Sin embargo, la cuestión aquí no son las evidencias. Como la fe en los poderes mágicos de los recortes fiscales, la fe en las cosas maravillosas que pueden ocurrir si dejamos que los banqueros hagan lo que quieran se ha convertido en la ideología que flota libremente hacia la derecha, sin las ataduras de cualquier tipo de golpe de realidad. Por supuesto, es una fe muy conveniente desde el punto de vista de los tipos industriales y financieros.

El ataque a la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor y el recorte fiscal son parte de la misma historia. En ambos casos, se trata de economía vudú al servicio de la plutocracia.