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Sólo sé que nada sé

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Pronto se cumplirán 15 años de la circulación del Euro. El experimento monetario de tener una moneda única, que comenzó con 11 países, está hoy compuesto por 19 naciones donde habitan más de 300 millones de habitantes. 

Desde antes de la adopción del Euro ha habido grandes debates sobre su conveniencia. Dos puntos han concentrado la atención de los economistas. El primero, se refiere a la capacidad de una sola moneda de lidiar con ciclos económicos no sincronizados. En particular, es posible que simultáneamente  un país goce de buenos tiempos y otro esté en recesión. Así, el primero quisiera una política monetaria restrictiva y el segundo una laxa. Los enemigos del Euro han enfatizado que ese escenario exacerbaría las consecuencias de los malos tiempos en los países de la periferia, aquellos que no pueden influir con fuerza en las decisiones monetarias del banco central único. El tiempo parece haberles dado algo de la razón: conviven en la misma zona monetaria un país que marcha sobre ruedas, como Alemania, con otro que parece condenado a una eterna crisis, como Grecia.  

El segundo frente de debate entre los economistas tiene que ver con el efecto de una moneda común sobre el comercio exterior. La hipótesis es que al desaparecer la incertidumbre sobre la tasa de cambio futura, el comercio entre los diferentes países usuarios del Euro debería aumentar. ¿Cuál es del tamaño de ese efecto? Para la época de adopción del Euro, Andrew Rose, un economista de la Universidad de Berkeley, lideró varios estudios sobre el efecto de tener una moneda común en el comercio de quienes la comparten. Sus investigaciones resultaron sorprendentes pues indicaban que aquellos países que compartían una moneda triplicaban su comercio exterior mutuo. Desde entonces, en la literatura académica ese impacto se conoce como el ‘efecto Rose’. Cabe aclarar que esos estudios no incorporaban datos de la eurozona porque aún no se había puesto en marcha. Así, quedaba la duda de si los efectos identificados en otras uniones monetarias también ocurrirían en la europea.

El sorprendente resultado identificado por Rose y sus coautores dio origen a múltiples estudios que intentaban verificar la solidez de sus estimativos con técnicas alternativas y muestras diferentes. A dicho movimiento lo llamó un economista involucrado en el área “kill the Rose effect” o “matemos el efecto Rose”. Si bien varias de las investigaciones posteriores argumentaron que el efecto de compartir una sola moneda sobre el comercio era más pequeño que el estimado por Rose, aún los más escépticos encontraron que el comercio entre países recibe un impacto considerable, de al menos 20% en el largo plazo. Las investigaciones peluquearon el ‘efecto Rose’, pero no lo mataron.

Esta semana, Rose ha vuelto a publicar una investigación sobre el tema que incluye ahora sí datos sobre la eurozona y además incorpora avances en las técnicas de estimación del impacto. Su conclusión resulta en una especie de eutanasia del ‘efecto Rose’: “con las técnicas que tenemos a mano, hoy en día no es posible estimar los efectos de uniones monetarias sobre el comercio con grados de confianza razonables”. En resumen, pasamos de la discusión sobre el tamaño del efecto a preguntarnos si éste existe. Nuestro conocimiento avanzó en la dirección de la duda, en otro ejemplo de lo que hace a la ciencia económica frustrante y fascinante a la vez: sus callejones truculentos que a veces nos devuelven al punto de partida, al punto del sólo sé que nada sé. 

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